miércoles, 27 de agosto de 2008

Valió la peña

Ceci anduvo paseando por el Comedor Universitario en velada folklórica. Adentro se encontró con muchas cosas más, por eso quiere contarlo.

Por Cecilia Bazán

Las nueve de la noche de un sábado de primavera disfrazado de invierno. Una larga fila detrás de la fachada imponente es lo primero que se ve en medio de la oscuridad. La boletería montada con unos chapones de madera terciada parece incompatible con el salón insignia de la juventud de La Docta. Pero es ahí donde se vende el espacio VIP más accesible del mundo.

Es sábado y en el Comedor Universitario es noche de folklore. Conseguir un lugar para personas muy importantes (lo que equivale a una silla y mesita escolar) cuesta 25 pesos, y apenas me lo procuro, voy a unirme a todos en la fila para entrar.

Media hora afuera, y otras dos adentro hasta que suene el primer acorde. La primera vez que esperé tanto fue para un show de Intoxicados en la Usina. Siguiendo con las analogías, al salir me daré cuenta de que el heterogéneo auditorio bien podría corear Está saliendo el sol. La peña del Dúo Coplanacu es sinónimo de velada divertida para varios miles de chicos, chicas, estudiantes, familias, parejitas melosas, “gauchetos”, y hippies.

Mi copiloto dirá en la espera que no le gusta “el folklore rocker”. Cuatro empanadas y una cerveza más tarde, le diré que no, que los Copla no tienen nada que ver con eso. Es más, cuando insista en compararlos con Los Nocheros e invente una categoría “rosa” del canto nativo, nos reiremos juntos, y yo seguiré confiada esperando algo más.

Pero el primer telonero va a aturdirnos con el pedal de efectos oscureciendo cada canción hasta hacer incomprensible su contenido. Mientras Bossa n’ Stones regurgita clásicos en el Chateau, la Ciudad Univesitaria transita también hits del siglo pasado, empalagados a su vez con guitarras eléctricas que de telúricas sólo tendrán la intención.

Hay grupos de Córdoba y de otras provincias, algunos promocionan disco, otros lo sueñan. Supongo que será bueno, me digo; supongo que será original, me equivoco. Tanto los muchachos pelilargos con stratos, como el clon del Chaqueño Palavecino que vendrá después le pondrán pimienta al asunto recurriendo a los clásicos de fogón. Y así cantamos todos.

Con el avance de la noche las guitarras suenan más fuerte y el público no deja que los cantores se vayan. Más rápidos que en un Cosquín Rock, los plomos desarman y dibujan un escenario nuevo para cada grupo. El sonido es impecable. Los anfitriones miran desde el backstage a la multitud. Todavía faltan varios repertorios noveles antes de que el sonido límpido de guitarra-bombo-y-violín se abra paso en la madrugada.

Parejas muy disparejas bailarán cada chacarera/ zamba/ gato/ escondido con resultados divertidos. Al principio, el vino en los vasos plásticos enormes me parecerá una afrenta; la cerveza caliente también. Pero ya entrada la noche, el hielo perdido en la espuma será sólo una más de las licencias abiertas en este lugar alejado de las poses.

¿Qué es “actitud” en el folklore?, discutiremos ya en domingo. Actitud es que toda esta gente esté acá, en un circuito poco difundido de la noche cordobesa; parada, quizás acalorada, quizás sentada en el suelo, quizás bailando con pañuelos al aire en vez de stilletos, pienso en voz alta.

Conté más de diez arcos en el techo del comedor descascarado. Más de mil pasos de extensión y otros mil pisando el damero, sobre el mismo granito donde otros se llenaron el estómago de comida y el espíritu de discusión. El manifiesto de 1918 se sacudió la tiranía del claustro para poner en su lugar un cogobierno, una idea cercana a la democracia. Abrió el juego a los protagonistas, dándoles espacio y voz.

Ahí, en esa diversidad de armar una grilla con cuarteto, folklore o electrónica, está el encanto del Comedor del que todos hablan. Su eclecticismo es algo que mastiqué esa noche, cortado a cuchillo y bien picante.

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