Aznar y Lebón editaron un doble en vivo. Alguien escucha ese disco en un reproductor portátil, sentado en un Coniferal que va para Argüello. Hasta que llegue a destino, ese alguien piensa lo que le sugieren las canciones de los ex Serú Girán.
Por Ger Abraham
Miro por la ventana sucia y empañada del colectivo. Está frío, grisáceo y lluvioso. El día invita a dormir, a leer un buen libro, a amar o a escuchar buena música.
Antes de apretar el play de mi MP3 me preparo, ávido de sutilezas y sentimiento, para escuchar el disco. No puede ser de otra forma cuando el álbum tiene la firma de Pedro Aznar y David Lebón, algo así como dos guerreros de tiempos lejanos; tiempos que la nostalgia define como “de los buenos”.
Ya en la primera canción, Dos edificios dorados, se escucha un riff de innegables reminiscencias claptoneanas. ¿Casualidad? A Lebón le decían "El Clapton argentino" en la prensa rockera de los 70, época en que el rock argentino exploraba libre de clichés, como un adolescente fervoroso. ¿Y qué se puede decir de Aznar? Absolutamente nada. Sin embargo, hago un repaso mental de los antecedentes de este hombre con eterna cara de chico: fue comparado con Jaco Pastorius, de Serú Girán se fue derechito a Berkley, tocó y grabó con Pat Metheny... Suficiente.
El disco es un repaso de la vida musical de cada uno. Entre los dos volúmenes hay canciones de sus carreras solistas, de Serú, un cover de Elton John (Ya no hay forma de pedir perdón) y tres canciones inéditas: Mano dura, Sin decir adiós y Muriendo por vivir (versión en español del Dying to live de Edgar Winter).
Uno de los aspectos a destacar es la delicadeza del sonido y de los arreglos. La simplicidad del género acústico se vuelve el fuerte del disco. Con un sonido limpio y prolijo, las voces juegan el papel principal, logrando equilibrar los dos polos de la falsa dicotomía más famosa del rock: afinación y sentimiento.
La voz levemente sucia y blusera de Lebón se amolda a la perfección con el tono suave y los falsetes de Aznar, configurando armonías que no se escuchan en las bandas de hoy. Siempre hay algún detalle, alguna nota que me roba una sonrisa de admiración. El quejido final de Mi amor es sencillamente mágico, con una sucesión de notas improbables en lo que hoy consideramos pop.
¿Momentos que me gustaron? Los exquisitos juegos de voces de Sólo Dios sabe, el blues Copado por el diablo con Aznar tocando el slide, el clima íntimo en Después de todo el tiempo y la energía de Traición.
Desde lo musical y lo lírico, el disco irradia una profundidad y humanidad que hace de su escucha un camino repleto de sensaciones y emociones. Para este viaje largo, con un día lluvioso y bucólico, el disco suena como la banda sonora perfecta.
miércoles, 27 de agosto de 2008
Canciones para viajar
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