Una leyenda de nuestro rock estuvo en la Usina el último viernes. Vox Dei sigue en pie y ofrece un show desde el Génesis al Apocalipsis.
Por Ger Abraham
Por Ger Abraham
Hay dos fantasías prácticamente irrealizables que me han acompañado en todos mis viernes. Una es la que te hace pensar que, a las cuatro de la mañana cuando te estás muriendo de frío en la parada de colectivo, pasará un amigo en su auto y te acercará a tu casa. La otra es que te llame alguien diciéndote que consiguió dos entradas para un buen recital.
La segunda razón es la que me llevó a la Vieja Usina a ver a Vox Dei, banda que, ya sin Ricardo Soulé, tiene a Rubén Basoalto en batería, Willie Quiroga en bajo y Carlos Gardellini en guitarra.
El show comenzó a las 9:35 con la primera banda soporte, el supergrupo Proyecto Aphostol, que se despachó con una buena dosis de rock, blues y fusión. Potentes y heavies, la banda hizo un set corto de cinco canciones, en su mayoría en inglés.
A ellos les siguió Roko, con una catarata de riffs eléctricos, gritos y rapeadas, que dieron la forma al mensaje que transmiten. Dio toda la sensación de que el público que fue a ver a Vox Dei no estaba preparado para oírlos. Si bien la banda transmitió contundencia y sonó muy bien, fue evidente la impaciencia en la gente frente a un set excesivamente largo.
La sala de la Usina se llenó repletamente. A las 23:15 apareció Quiroga, con sombrero, camisa y corbata. Saludó al público como todo un gentleman antes de arrancar una noche a puro rock. Pasaron Azúcar amargo y Sin separarnos antes de que Basualto soltara una frase: “No inventamos 40 años para festejarlo”. No, Vox Dei ha seguido tocando, no hay reunión marketinera ni nada. El Camino, su último disco que data del 2005, evidencia que siguen produciendo, pero ahora en el circuito independiente. “Las compañías están ocupadas en otras cosas”, dijo Basualto con una verdad que no suena a queja en alguien que toca en una de las bandas históricas del rock nacional.

Fuerza viva. Vox Dei, un terremoto poderoso (Foto: Voxdei.com.ar).
El momento bisagra de la noche llegaría pasada una hora del show, con el lento Tan solo un hombre, en donde Quiroga demostraría que todavía tiene una voz potente y dotada. Enganchado a este tema sonaría Génesis, con una versión extensa en donde destacó un solo largo, larguísimo, desaforado y emotivo de Gardellini. Sí, el violero se ganó la noche. “Qué pedazo de animal”, atinó a decir Willie.
El show subía en intensidad y pasaron Libros sapienciales y Las guerras. En este último tema, la gente se levantó y se acercó al frente del escenario, armando un pogo multigeneracional. Podías ver a un señor con camisa y pullover atado al cuello al lado de un metalero de más de treinta, que se hacía lugar entre pibes de 15 años. Luego de esa increíble versión, llegaría un solo de batería de Basualto que parecía una certera descripción de la llegada de los jinetes del Apocalipsis.
Terminado el show, subió de nuevo Gardellini a tocar un solo con guiños a Van Halen, Led Zeppelin y Deep Purple, para que luego la banda tocara los bises: Compulsión, Jeremías pies de plomo, Dr. Jekyll y Presente.
Una y diez de la mañana, Quiroga avisa que pueden comprar los discos de la banda en la entrada y agrega: “Las radios pasan nuestras grabaciones del año 70, pero Vox Dei no murió, está vivo.” Y sí, cuesta creer que Vox Dei deba promocionar su producción como una banda chica. Es Vox Dei, pero es así. No serán los mesías, pero es el camino de aquellos que sienten que tienen algo más para decir. Tengan o no el apoyo de las discográficas, los seguidores siguen ahí. Fieles.

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