miércoles, 27 de agosto de 2008

Problemas de transporte

Un viaje cualquiera en uno de los servicios públicos esenciales puede convertirse en otra cosa. La ciudad y sus consecuencias.

Por José Playo

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problemas de transporteEl señor que dice ser tu padre estaciona el colectivo en la vereda.
Ha desviado la mole cuarenta cuadras fuera del recorrido para detener las gomas en tu acera.
La palanca de cambios revestida de peluche —piensa— es un ancla que debe hundirse en tus alcantarillas: algo hay que hacer para detener el movimiento espasmódico de los escarpines que, colgados del retrovisor, caminan en el aire flameando como banderas.
De una vez por todas —se dice— el timbre, bajo el peso de los dedos, tiene que sucumbir en un ronquido descompuesto: que ya no sirva —pide—, que termine esta vuelta.
El señor que dice ser tu padre aferra el volante.
Junto a la ventanilla, un banderín desteñido de San Lorenzo; dentro de la camisa celeste, un corazón de boleto picado y de cifras necias.
Atrás, entre los asientos, los pasajeros son un retazo desconcertado que reclama el viaje pautado y no dan tregua.
El motor regula con paciencia.
El señor que dice ser tu padre recibe un cachetazo. Se vuelve, sacudido en su ensoñación, para descubrir al hombre de traje que lo observa con los ojos animales, la mirada de la demora, la cita a la que no llega.
Alguien se precipita desde el fondo a los codazos.
—¡Arrancá, pelotudo!
Dos niños rompen en llanto, un zapateo marcial acribilla la alfombra de goma sobre la que todos esperan.
El señor que dice ser tu padre vuelve la vista hacia la puerta de tu casa, donde espera encontrarte y no te encuentra.
Una embarazada le sacude el hombro con violencia. La camisa celeste se rasga desnudando la piel donde las manos de los vendedores ambulantes forjaron un camino de palmadas certeras. La mujer encinta pone sobre los hombros de tu padre dos pechos enormes y estira los brazos; aprieta botones y acciona palancas con furia e insolencia.
Todos quieren la liberación del soplido de la puerta, la posibilidad del descenso con las manos como viseras.
La inmovilidad los enloquece y putean.
Todos putean.
El sol del mediodía cuece cuarenta y tantas almas dentro de un colectivo estacionado en tu vereda.
El señor que dice ser tu padre ve al hombre rollizo de mameluco que se acerca:
—Arrancá o te doy un puntazo, puto de mierda.
Y eso desata la catarata de violencia: octogenaria psicosis, amor filial capicúa, tres alfajores por un peso, los cachetazos, los codazos, los patadones en las piernas.
El señor que dice ser tu padre apaga el motor y la multitud estalla enardecida y pisotea.
El suelo es una alfombra de boletos viejos, de celofán de caramelos, de señores pasajeros tengan ustedes muy buenas tardes y como si esto fuera poco, el vehículo se zarandea al ritmo de la paliza que le dan al señor que dice ser tu padre y que no se apea.
—¡Ya te voy a dar prohibido salivar, pelotudo!
—¡Prohibido fumar, las pelotas!
—¡En caso de incendio rompa el vidrio y la concha de tu madre!
Todos sentencian.
El vehículo arranca otra vez y por los tres escalones revestidos de goma resbala el cuerpo apaleado del señor que dice ser tu padre y que ya no maneja.
Dos cubiertas Pirelli se despegan de tu calle, llevándose el colectivo con el vidrio trasero atiborrado de caras y manos anónimas que, en un reclamo bullicioso y decadente, golpean.
Antes de morir ahogado en una tos sanguinolenta, el hombre que dice ser tu padre besa la piel áspera de tu vereda mugrienta.

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