Te recomiendan una película, vas a verla. Unos minutos de proyección son suficientes para justificar la entrada y cambiar la visión de las cosas. "Tú, yo y todos los demás" es una de esas películas. Cosas de cineclub.
Por Patricia Cravero
Me habían dicho que era una historia pequeña, sensible y sin pretensiones de grandeza. Me habían dicho lo suficiente como para que yo decidiera hundir el cuerpo en una butaca del Cineclub Municipal un viernes a la noche. Lo que afortunadamente nadie me avisó es que cuando saliera del cine iba a sentir los ojos desbordados de belleza.
Tú, yo y todos los demás comienza con una voz espectral dibujando historias sobre fotografías pegadas en una pared. Al rato aparece un rostro en la pantalla. Es Miranda July, directora debutante y protagonista de la película. O mejor dicho es Christine Jesperson, una artista solitaria que alterna sus días entre su trabajo como conductora de taxis para mayores y sus inquietudes en el campo del videoarte.
Pasan sólo tres minutos de la cinta, y July se despacha con una escena conmovedora que anuncia lo que vendrá. Un pececito dentro de una bolsa de nylon queda olvidado en el techo de un auto y viaja a toda velocidad. Desde el taxi, Christine y su acompañante advierten la presencia del pez, vislumbran su final, y luchan hasta el último minuto para salvar su vida. La singular carrera de autos, los ojos de Christine y su mirada profundamente triste no dejan lugar a dudas: vamos a amar o a odiar esta película.
Por Patricia Cravero
Me habían dicho que era una historia pequeña, sensible y sin pretensiones de grandeza. Me habían dicho lo suficiente como para que yo decidiera hundir el cuerpo en una butaca del Cineclub Municipal un viernes a la noche. Lo que afortunadamente nadie me avisó es que cuando saliera del cine iba a sentir los ojos desbordados de belleza.
Tú, yo y todos los demás comienza con una voz espectral dibujando historias sobre fotografías pegadas en una pared. Al rato aparece un rostro en la pantalla. Es Miranda July, directora debutante y protagonista de la película. O mejor dicho es Christine Jesperson, una artista solitaria que alterna sus días entre su trabajo como conductora de taxis para mayores y sus inquietudes en el campo del videoarte.
Pasan sólo tres minutos de la cinta, y July se despacha con una escena conmovedora que anuncia lo que vendrá. Un pececito dentro de una bolsa de nylon queda olvidado en el techo de un auto y viaja a toda velocidad. Desde el taxi, Christine y su acompañante advierten la presencia del pez, vislumbran su final, y luchan hasta el último minuto para salvar su vida. La singular carrera de autos, los ojos de Christine y su mirada profundamente triste no dejan lugar a dudas: vamos a amar o a odiar esta película.
Mirá el trailer de la película.
Tú, yo y todos los demás presenta varias historias, todas ellas vinculadas de algún modo a la figura de Christine, esa muchacha algo desgarbada que termina enamorando a cualquier mortal con su capacidad para transformar cada cosa, por más trivial que resulte, en algo maravilloso. Como esos feos zapatos rosados que trazan ante su cámara una danza de encuentros y desencuentros, convirtiéndose en una metáfora previsible pero tierna sobre la ¿relación? con el hombre que le quita el sueño. Un cuarentón separado, con dos hijos, de quien sólo conoce su cara y su nombre.

Vos y yo. Cada escena, un gesto a cargo de Miranda July.
Pero sería injusto decir que lo grandioso de esta película, que le valió a July el rótulo de “nueva promesa” del cine norteamericano independiente, se reduce a su mirada poética y sensible, a la belleza de las imágenes y los detalles en los que se detiene la cámara. Porque también está el humor agazapado en cada diálogo, la frescura de los personajes, y una visión lúcida sobre la época que nos toca vivir.
Tú, yo y todos los demás es el retrato de seres extraordinarios que no se han desprendido del todo del imaginario infantil, que sirven conservando la ingenuidad que erosiona el mundo adulto, y buscan encontrarse en una sociedad que nos atomiza para luego conectarnos a través de Internet.
Ternura, inocencia y el deseo de transformar cada gesto en un acto poético. ¿Podemos pedirle algo más a Miranda July con este debut cinematográfico? Sí, que no se detenga y siga haciendo películas.

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