miércoles, 27 de agosto de 2008

Música sin todas las letras

La nueva creación de los Beastie Boys es un viaje instrumental que lleva por nombre "The Mix Up". A preparar las valijas.

Por Emanuel Rodríguez

http://pinchilonfonseca.wordpress.com

¿Escuchaste The Mix Up? Te dan ganas de bailar aunque no sepas. Yo por ejemplo asiento con la cabeza como si me estuvieran preguntando todo el tiempo si me gusta. El resto del cuerpo no se lleva muy bien con mi cabeza así que suele hacer cualquier cosa menos lo que mi cabeza ordena. Mi cabeza por otra parte emite órdenes incumplibles: le pide a mis piernas que se flexionen de una manera que no hacen desde que yo tenía dos años. B for my name es lo contrario de una marcha, pero suena como una marcha. Debe ser culpa de la percusión. Los Beastie Boys no cantan en todo el disco, que es instrumental y que no necesita nada más. A veces una buena idea no necesita nada más. Como el último libro de Auster, que es una buena idea y nada más.

Después viene 14th St. Break, que tiene nombre de dirección postal de un lugar en donde la gente es ciclotímica y cuando toca la guitarra puede volar. Me gusta escuchar The Mix Up en mi casa, y no en el auto: bailar manejando puede ser peligroso.

Suco de Tangerina es una apropiación pop de alguna base de bossa devenida en canción urbana, Nueva York a las siete de la tarde, tu chica está por salir de su oficina, vos la esperás descalzo, hacés un trencito imaginario en el living, bailás suave, nadie te ve. Si abrís un bar alguna vez, vas a poner esta música cuando no haya nadie o cuando venga alguien a quien quieras impresionar por la sutileza del lugar.

The Gala event construye demasiado clima: brindarías con alguien que te entienda, que sepa que estuviste leyendo a Murakami y que eso significa que el mundo real es para los conformistas. Caminarías elegantemente hacia ella y le dirías que deje Sputnik, mi amor, que Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es la posta. La Posta, le dirías. Ahora está de moda hablar como si te pudieras de reír de los que tienen un vocabulario reducido al rocanrol.


En fin: pasás a Electric Worm y recuperás tu animalidad electrónica. No suelo escuchar enteros a los discos instrumentales porque estoy educado para que me aburran. Pero The Mix Up pecha. Pecha, posta. Electric Worm tiene unos rasgueos como si un gusano epiléptico pero con swing estuviera bailando sobre las cuerdas del bajo.

Freaky Hijiki hubiera sido la música de Kill Bill si a Kill Bill la hubiera filmado David Lynch. Eso no significa nada, David Lynch nunca filmaría Kill Bill. Pero sí escucharía Freaky Hijiki, y probablemente pensaría: esta música es para Kill Bill, para la escena en la que Uma viaja y que Quentin debió copiar de Lost Highway”. Eso tampoco significa nada.

Off the Grid es la canción para llevarle un cinzano a tu amiga que está en su terraza, sentada, sofocada, y sin ganas de sacar fotos. Vos ponés Off the grid y le llevás un cinzano con limón, con hielo. Un cinzano posta, como si los dos pertenecieran a otra época. Le acercás el vaso con cierto estilo sobreactuado, porque es inevitable, y esperás la parte en que estalla la melodía en un riff extraño de algo que parece una guitarra para soltarlo. Le van a dar ganas de buscar su cámara.

Podés saltear The Rat Cage. Escuchalo otro día, cuando tengas ánimo de imaginarte una situación claustrofóbica pero con posibilidades de pedir empanaditas chinas a domicilio. Es un tema raro en un disco raro y hace 40 grados a la sombra.


The Melee recupera el instinto dance de los primeros temas: suena como si toda la década del ochenta con División Miami incluida hubiera pasado por una licuadora inteligente. Si estás haciendo el trencito del tema 3, pará: este se baila sin separar los pies del piso.

Dramastically Different tiene además de un nombre poderoso, a un chabón que le pega a una lata de nesquick vacía y hace que te muevas como un robotito ebrio de alegría. No sé con qué le pega, pero tiene que ser una lata de nesquick, porque te lleva a un lugar de infancia, de jueguito darkie, de disección de ranas y definición por penales.

The cousin of death tiene, por el contrario, un título innecesariamente feo. El primo de la muerte. Wow. Qué miedo. El tema no está tan mal y si te ponés a pensar la muerte misma no está tan mal. La vida tampoco.

The Mix Up termina con The Kangaroo Rat, que supera al anterior en fealdad del título, pero supongo, o medio litro de fernet me hace suponer, que es como si todos fuéramos ratas, porque somos malas personas, pero estamos saltando como si fuéramos buenos y tuviéramos bolsas en nuestros estómagos para cargar a nuestros seres queridos. Las canciones que no tienen letra están buenas porque te podés inventar tu propia historia y sentirte, obviamente, identificado.

El trovador moderno

Aunque habían pasado apenas dos días desde su comienzo, ayer se conoció la visita musical del 2008 en Córdoba: viene Bob Dylan, difícil de superar.

Por José Heinz


Son varios los músicos -o personajes en general- que a lo largo del tiempo se los cataloga con esa idea de que "el rock no hubiera sido el mismo sin ellos". Cada uno de los que integra esa lista aportó su granito de arena para que eso que hoy llamamos música de rock avanzara por direcciones dispares. Los tiempos están cambiando, constantemente, y lo que ayer fue rock puede que mañana ya no lo sea. Las noticias sólo nos dan cuenta del hoy y algunos libros y documentales, con suerte, nos permiten habitar un mundo que imaginamos como el pasado. Un poco de todo eso representa la música de Bob Dylan.

Es que son tantas las temáticas que atravesó, tantos los artistas que influyó, que -visto en perspectiva- da la sensación de que existieron varios bob dylans. Y algo de eso hay, porque lejos estuvo de pregonar un mismo mensaje. Por el contrario, sus letras fluctuaron por cada época que atravesó, y ese espíritu inestable lo coloca más cerca de un pensador que de un trovador silvestre. La permutabilidad constante le costó seguidores, como pasa siempre, pero también lo consagró como artista.

Hay muchas cosas más para decir sobre él. Que marcó a los Beatles, que su nombre proviene del poeta galés Dylan Thomas, que también influyó la prosa de algunos escritores, que la marca dylaniana va desde Bruce Springsteen hasta los Guasones, que Sabina y Calamaro serían muy diferentes sin él. Podemos seguir un rato largo. Pero lo que vale es que el próximo 13 de marzo viene a Córdoba. Allí estará Bob Dylan, a metros de la Cañada, para demostrar que lo suyo es ese mundo que imaginamos mientras escuchamos sus canciones.

Acá les dejo dos videos. El primero es una versión en vivo de 1964 de Mr. Tambourine man (por cosas como éstas YouTube merece un monumento), canción compuesta por Dylan, pero que grabó primero The Byrds. Dylan, sin embargo, ya la interpretaba en algunos de sus recitales. Como dato curioso, en Argentina pasó algo parecido con Sólo le pido a Dios, cuando Gieco (confeso fan de Dylan) le cedió el tema a Mercedes Sosa y fue ella la que lo grabó por primera vez.



Este otro video es de la canción Lovesick, del disco Time out of mind de 1997, el primero de una trilogía que Dylan cerró con Modern Times en el 2006. Acá Bob despunta el vicio de solear un rato y con la voz mucho más cerrada que cuando era joven. Esa es otra de sus virtudes: saber adaptar su caudal vocal (y sus canciones) a los tiempos modernos.

Señores, Bob Dylan viene a Córdoba. Allí estaremos.

¿Qué hay de viejo? (II)

En la sección de rescates clásicos, esta vez le toca a la ópera prima de uno de los cineastas más reconocidos de Hollywood.

Por Fernando Heinz


Reto a muerte (o Duelo a muerte, como se la conoce ahora) es la primera película de Steven Spielberg. Antes de terminar la universidad, con tiernos 20 años, Spielberg comienza una corta carrera dirigiendo episodios de series de televisión (algunas célebres como Columbo, otras olvidadas). Algunos años después aparece una oferta de convertir un cuento de Richard Matheson a un largometraje televisivo. Así nace su ópera prima: Duel, que data de 1971.

La premisa es simple: en un viaje de negocios, David Mann comienza a ser perseguido por un camión que aparentemente está decidido a matarlo. Sólo con eso, el film logra tenernos en el borde de nuestros asientos durante 80 minutos.

Comienza como un placentero recorrido por la autopista, radio encendida, absolutamente rutinario. Pero pronto se presenta nuestro antagonista: el camión. Una verdadera monstruosidad cubierta en óxido pasa relativamente desapercibida. Pero la tranquilidad no durará mucho. El camión pronto revelará sus intenciones, aunque nunca sus razones. Casi una fuerza de la naturaleza, este camión es absolutamente mortal.


Perseguido. Mirá el trailer de Duel.

Quizás la mejor prueba del verdadero talento de Steven Spielberg, est película está llevada adelante con inventiva cinematográfica pura. Planos forzados, encuadres dentro de encuadres y una velocidad vertiginosa nos mantienen nerviosos y alerta. Una historia de depredador y presa, un miedo básico. Casi sin diálogos o historia de fondo de los personajes, la pelicula es supenso puro y del más primitivo. Los pensamientos del protagonista se revelan a través de una voz en off que resulta impuesta al principio, pero pronto se convierte en necesaria y muy efectiva. No podemos evitar ponernos en la piel de este conductor cuya realidad parece torcida, pero inevitable. La muerte lo acecha y no hay forma de escapar, por más rápido que maneje.

Con sólo tres semanas desde el comienzo del rodaje hasta que saliera al aire, la película debía hacerse rápido. Sin embargo, Spielberg insistió en filmarla en exteriores y no en un estudio, como era costumbre. Así es como logra ponernos dentro de ese auto y sufrir con cada curva, cada milla por hora acelerada, cada peñasco mortal en nuestro camino.

La música funciona adecuadamente y casi no merece mención, excepto por tener un par de momentos en que nos recuerda demasiado a Psicosis y por ser la única banda sonora de una película de Spielberg que no compuso John Williams.

Con un joven director en su mejor momento, esta es una joyita que nadie puede perderse.

En resumen

Algo bueno: El plano a través de la puerta del lavarropas.

Algo malo: Se ve a Spielberg reflejado en una cabina telefónica.

Cómo verla: Cada tanto la pasan en la trasnoche de Retro, aunque en estos días no está programada. Se consigue en DVD, para alquilar o comprar, con el nombre Duelo a muerte.

La prensa roja

Hay ciertos personajes que parecen gozar de la impunidad que le otorga su posición en los medios. De esa manera, otros padecen su poder y la televisión se convierte en un círculo perverso.

Por Javier Contreras

El video era un hallazgo incalculable, media hora de programa, una joya preciosa de acuerdo a las reglas básicas que dicta el mundo de los chimentos: un famoso cogiendo. Las imágenes mostraban a la rubia despampanante gozando a lo loco. Quién sabe, quizá el rostro pálido de la espectadora haya virado a una tonalidad más rojiza al ritmo de los gemidos. ¿Será ella, che? Las tetas exageradas, las costillas blandiendo sobre la carne, la estampa de plástico ¿Será la Salazar? Posible título: “Exclusivo: video hot de conocida vedette teniendo sexo con dos hombres a la vez”. ¡Guau, qué historia!

Días atrás, la conductora Viviana Canosa revelaba en su programa un presunto video pornográfico de Luciana Salazar. Lo hacía a través de la pantalla de su teléfono celular, en una patética forma de emplear el suspenso y ocultar más de lo que se muestra, un clásico de esa pata televisiva. La mentira se descubrió rápido, y no por el aporte de un panelista honesto, sino más bien porque pajeros hay en todos lados: más de uno de ellos alzó la mano (ardua labor) para decir que la del video era una actriz triple X, parecida a la Salazar, pero no, nada que ver. El manager de Luly salió a desmentir el hecho y la situación quedó ahí.


Tal como sucede en estos casos, y para alcanzar algún puntito más de rating o un par de suculentas page views, algunos medios reprodujeron el simpático acontecimiento (me pregunto cuántos llegarán a naranja beat al buscar el “video porno de luciana salazar”). Desde eBlog, Leandro Zanoni se preguntaba “¿Por qué no se castigan las mentiras de los chimenteros?”.

Reformulemos la pregunta y ampliemos el espectro de análisis: ¿Por qué un periodista que investiga el enriquecimiento ilícito de un funcionario puede ser demandado por calumnia e injurias, y no así un chimentero? Una respuesta posible conjetura que la Justicia está unida al poder y de esa manera las intromisiones del periodismo trabajan en contra de esa alianza. Los deslices de las celebridades, por su parte, no modifican demasiado la vida cotidiana de los poderosos. Les importan un carajo.

Otra hipótesis más interesante la arrojó un colega a propósito de gente como Rial y la Canosa. Esta persona dijo: “Los famosos no los demandan porque les deben muchos favores, principalmente en el comienzo de sus carreras. Esa escena de las cartas documento, que se repite cada tanto, son una farsa en el noventa por ciento de los casos”. Una teatralización, digamos. Una tragedia vulgar.

Si llega a ser cierto que el mundillo del jet set local le debe favores a los programas televisivos, uno tiende a pensar que éstos operan como un diablo que compra almas bajo contrato. A su fama, los famosos parecen haberla pagado hasta con la dignidad. Ejemplos hay muchos, basta con nombrar al clan Süller (historias de putas y putos con desenlaces bizarros o que rozan la fatalidad), a Karina Jelinek (el cuerpo de la bella con la mente de la bestia) o la joven Wanda Nara, mezcla de porrista universitaria con prostituta de alta gama, todos personajes que han debido soportar la sobreexposición y los abusos a cargo de la televisión de la siesta. Ahora los conoce todo el mundo, sí, pero ¿a un precio justo? Lo cierto es que lo abonaron y al contado.

A esta altura no es necesario ponerse en defensa de las víctimas ni pedir que se erradique la divulgación de información berreta. Pero, por una cuestión que responde a la ética, los arrojos contra los famosos que tanto gustan a los chimenteros deberían ser penados por ley. O de otra forma que dejen de llamarse a sí mismos periodistas y se inventen un término para lo que ejercen. Chimenteros no está mal. Sinvergüenzas, ese también me gusta. Y cabe la posibilidad de que antes de cada programa aclaren que la información que divulgan está ficcionalizada. Inventada, bah.

Si deciden continuar con su carnicería humana amparados bajo el nombre de periodismo, adelante entonces, pero después a no quejarse. Por cierto, a mí no me molestaría que la Canosa fuera presa por una noticia falsa que haya divulgado. Sería un buen ejemplo a los estudiantes de periodismo que aspiran al limbo glamoroso del periodismo caníbal. Es más, en la cárcel podría aprender mucho, mirá si le pegan o le tiran de su melena colorada. Ya me estoy imaginando la placa roja de Crónica: “Conductora de TV violada por internas del penal”. ¡Guau, qué historia!

Just for fun

Guerra de almohadas en el Parque Sarmiento. ¿Por qué? ¿Para qué? Una descarga que nada tiene que ver con los downloads. ¿O sí?

Por Cecilia Bazán


-Que es estou?
-A pillow war!!
-Og pour qué, cómo?
-Por nada, nothing…
-…
-…
-Just for fun?
-Yeah!


Lo resumió lindo la chica alemana que vino a estudiar español a Córdoba y estaba el sábado en el parque Sarmiento por casualidad. Estábamos frente a un pelotero para adolescentes, jóvenes y adultos que sólo querían divertirse. O si no, ¿cómo te explico que un grupo de gente se reúna solamente para pegarse con almohadas?

Podría empezar por decir que este tipo de ocurrencias que surgen en Internet (esta vez en la comunidad de la revista
Doctámbulos) tienen un fin de entretenimiento no demasiado justificado intelectualmente. Aun así, se puede rastrear el origen del término que las define, “flashmobs” en el trabajo sociológico.

Traducido literalmente de inglés como “multitud instantánea” (flash: destello, ráfaga; mob: multitud), el primero en hablar de esto fue el sociólogo Howard Rheingold en su libro Smart Mobs: The Next Social Revolution (2002), donde predecía que la gente usará las nuevas tecnologías de comunicación para autoorganización.

“Una acción organizada en la que un gran grupo de personas se reúne de repente en un lugar público, realiza algo inusual y luego se dispersa rápidamente”, define la Wikipedia.



Para una señora joven que fue con su niño de unos siete años la cosa era más simple. “Lo dijo esta mañana en Mitre ‘La Negra’ (N de la R: no la Vernaci, sino la Altamirano), y le dije al Agustín que vamos, ¡total…!”. Sí, total nadie se dio cuenta de que tiene una almohada escondida debajo de la remera. “Van a ser cuatrillizos”, le gritaban.

Sentados en el piso esperando, mirando hacia todos lados para encontrar más cómplices que convenzan de lo entretenido que puede ser esto, parejas, grupos de amigos, algunos rockeros, varios padres con sus niñas, esperan. La alarma que debía sonar a las 18 llegó unos veinte minutos después. La duda se esfumó a los almohadazos limpios.

Por menos de 10 minutos la polvareda enturbió el aire del espacio frente a la plazoleta Deán Funes. A las 18.35 llegó el segundo round. La lucha se trasladó al césped de esa misma porción del parque, y los golpes mullidos se siguieron mezclando con las cámaras que intentaban registrar lo fugaz del momento.

De carne somos (II)

Lo pedían a los gritos y acá lo tienen: la segunda recorrida de Pulpo por las calles de Nueva Córdoba. Veamos con qué chicas se cruzó.

Por Guille Paz

http://atencionviandante.blogspot.com/

Buenas buenas. Naranja Beat hace un tiempo me convenció para recorrer Nueva Córdoba (de día y noche… oh terrible tarea), libreta en mano, a analizar qué clases de mujeres se encuentran allí. Hoy nos corresponde presentar algunas categorías más.

La Novedad. Muchacha recién salida del colegio secundario y más recientemente llegada a Córdoba para estudiar. Aún con cierta ingenuidad de ciudad pequeña y toda la actitud y ansias de jugar en “Grandes Ligas”. Son un cóctel peligroso para las cervicales masculinas.

La Que Reniega de Los Piropos. Vistosa mujer de generosa figura y andar musical. Públicamente se queja de los piropos baboseantes recibidos, aunque íntimamente su sonrisa se dibuja ante los galanteos callejeros.

La Contestataria. Señorita de gran agudeza y escasa timidez que hace sus delicias al enfrentarse a las tribus masculinas a devolverles con la misma moneda comentarios insidiosos.

La Que Trabaja en la Boutique. Muchachita de frases cliché en boca tales como “Uy, ¡qué bien te queda!”, “Sistásdivinaaaa!” y “¿Algo más?”. Usualmente destino de miradas a través de las vidrieras; y en casos más osados, objetivo de quienes entran al local a averiguar precios de topcitos y chupines con tal de intercambiar palabras y soñados tiroteos con ellas.

Espero sus comentarios sobre estas categorías y será hasta una nueva entrega. Saludos, cariños, besos y abrazos.

No pierden la fe

Una leyenda de nuestro rock estuvo en la Usina el último viernes. Vox Dei sigue en pie y ofrece un show desde el Génesis al Apocalipsis.

Por Ger Abraham

Hay dos fantasías prácticamente irrealizables que me han acompañado en todos mis viernes. Una es la que te hace pensar que, a las cuatro de la mañana cuando te estás muriendo de frío en la parada de colectivo, pasará un amigo en su auto y te acercará a tu casa. La otra es que te llame alguien diciéndote que consiguió dos entradas para un buen recital.

La segunda razón es la que me llevó a la Vieja Usina a ver a Vox Dei, banda que, ya sin Ricardo Soulé, tiene a Rubén Basoalto en batería, Willie Quiroga en bajo y Carlos Gardellini en guitarra.

El show comenzó a las 9:35 con la primera banda soporte, el supergrupo Proyecto Aphostol, que se despachó con una buena dosis de rock, blues y fusión. Potentes y heavies, la banda hizo un set corto de cinco canciones, en su mayoría en inglés.

A ellos les siguió Roko, con una catarata de riffs eléctricos, gritos y rapeadas, que dieron la forma al mensaje que transmiten. Dio toda la sensación de que el público que fue a ver a Vox Dei no estaba preparado para oírlos. Si bien la banda transmitió contundencia y sonó muy bien, fue evidente la impaciencia en la gente frente a un set excesivamente largo.

La sala de la Usina se llenó repletamente. A las 23:15 apareció Quiroga, con sombrero, camisa y corbata. Saludó al público como todo un gentleman antes de arrancar una noche a puro rock. Pasaron Azúcar amargo y Sin separarnos antes de que Basualto soltara una frase: “No inventamos 40 años para festejarlo”. No, Vox Dei ha seguido tocando, no hay reunión marketinera ni nada. El Camino, su último disco que data del 2005, evidencia que siguen produciendo, pero ahora en el circuito independiente. “Las compañías están ocupadas en otras cosas”, dijo Basualto con una verdad que no suena a queja en alguien que toca en una de las bandas históricas del rock nacional.
Fuerza viva. Vox Dei, un terremoto poderoso (Foto: Voxdei.com.ar).


El momento bisagra de la noche llegaría pasada una hora del show, con el lento Tan solo un hombre, en donde Quiroga demostraría que todavía tiene una voz potente y dotada. Enganchado a este tema sonaría Génesis, con una versión extensa en donde destacó un solo largo, larguísimo, desaforado y emotivo de Gardellini. Sí, el violero se ganó la noche. “Qué pedazo de animal”, atinó a decir Willie.

El show subía en intensidad y pasaron Libros sapienciales y Las guerras. En este último tema, la gente se levantó y se acercó al frente del escenario, armando un pogo multigeneracional. Podías ver a un señor con camisa y pullover atado al cuello al lado de un metalero de más de treinta, que se hacía lugar entre pibes de 15 años. Luego de esa increíble versión, llegaría un solo de batería de Basualto que parecía una certera descripción de la llegada de los jinetes del Apocalipsis.

Terminado el show, subió de nuevo Gardellini a tocar un solo con guiños a Van Halen, Led Zeppelin y Deep Purple, para que luego la banda tocara los bises: Compulsión, Jeremías pies de plomo, Dr. Jekyll y Presente.

Una y diez de la mañana, Quiroga avisa que pueden comprar los discos de la banda en la entrada y agrega: “Las radios pasan nuestras grabaciones del año 70, pero Vox Dei no murió, está vivo.” Y sí, cuesta creer que Vox Dei deba promocionar su producción como una banda chica. Es Vox Dei, pero es así. No serán los mesías, pero es el camino de aquellos que sienten que tienen algo más para decir. Tengan o no el apoyo de las discográficas, los seguidores siguen ahí. Fieles.

Valió la peña

Ceci anduvo paseando por el Comedor Universitario en velada folklórica. Adentro se encontró con muchas cosas más, por eso quiere contarlo.

Por Cecilia Bazán

Las nueve de la noche de un sábado de primavera disfrazado de invierno. Una larga fila detrás de la fachada imponente es lo primero que se ve en medio de la oscuridad. La boletería montada con unos chapones de madera terciada parece incompatible con el salón insignia de la juventud de La Docta. Pero es ahí donde se vende el espacio VIP más accesible del mundo.

Es sábado y en el Comedor Universitario es noche de folklore. Conseguir un lugar para personas muy importantes (lo que equivale a una silla y mesita escolar) cuesta 25 pesos, y apenas me lo procuro, voy a unirme a todos en la fila para entrar.

Media hora afuera, y otras dos adentro hasta que suene el primer acorde. La primera vez que esperé tanto fue para un show de Intoxicados en la Usina. Siguiendo con las analogías, al salir me daré cuenta de que el heterogéneo auditorio bien podría corear Está saliendo el sol. La peña del Dúo Coplanacu es sinónimo de velada divertida para varios miles de chicos, chicas, estudiantes, familias, parejitas melosas, “gauchetos”, y hippies.

Mi copiloto dirá en la espera que no le gusta “el folklore rocker”. Cuatro empanadas y una cerveza más tarde, le diré que no, que los Copla no tienen nada que ver con eso. Es más, cuando insista en compararlos con Los Nocheros e invente una categoría “rosa” del canto nativo, nos reiremos juntos, y yo seguiré confiada esperando algo más.

Pero el primer telonero va a aturdirnos con el pedal de efectos oscureciendo cada canción hasta hacer incomprensible su contenido. Mientras Bossa n’ Stones regurgita clásicos en el Chateau, la Ciudad Univesitaria transita también hits del siglo pasado, empalagados a su vez con guitarras eléctricas que de telúricas sólo tendrán la intención.

Hay grupos de Córdoba y de otras provincias, algunos promocionan disco, otros lo sueñan. Supongo que será bueno, me digo; supongo que será original, me equivoco. Tanto los muchachos pelilargos con stratos, como el clon del Chaqueño Palavecino que vendrá después le pondrán pimienta al asunto recurriendo a los clásicos de fogón. Y así cantamos todos.

Con el avance de la noche las guitarras suenan más fuerte y el público no deja que los cantores se vayan. Más rápidos que en un Cosquín Rock, los plomos desarman y dibujan un escenario nuevo para cada grupo. El sonido es impecable. Los anfitriones miran desde el backstage a la multitud. Todavía faltan varios repertorios noveles antes de que el sonido límpido de guitarra-bombo-y-violín se abra paso en la madrugada.

Parejas muy disparejas bailarán cada chacarera/ zamba/ gato/ escondido con resultados divertidos. Al principio, el vino en los vasos plásticos enormes me parecerá una afrenta; la cerveza caliente también. Pero ya entrada la noche, el hielo perdido en la espuma será sólo una más de las licencias abiertas en este lugar alejado de las poses.

¿Qué es “actitud” en el folklore?, discutiremos ya en domingo. Actitud es que toda esta gente esté acá, en un circuito poco difundido de la noche cordobesa; parada, quizás acalorada, quizás sentada en el suelo, quizás bailando con pañuelos al aire en vez de stilletos, pienso en voz alta.

Conté más de diez arcos en el techo del comedor descascarado. Más de mil pasos de extensión y otros mil pisando el damero, sobre el mismo granito donde otros se llenaron el estómago de comida y el espíritu de discusión. El manifiesto de 1918 se sacudió la tiranía del claustro para poner en su lugar un cogobierno, una idea cercana a la democracia. Abrió el juego a los protagonistas, dándoles espacio y voz.

Ahí, en esa diversidad de armar una grilla con cuarteto, folklore o electrónica, está el encanto del Comedor del que todos hablan. Su eclecticismo es algo que mastiqué esa noche, cortado a cuchillo y bien picante.

La modernidad al palo

Córdoba está de fiesta, señores. Fiesta de un atril, una luz y dos anfitriones: Los Modernos nos muestran lo mejor sus obras en dos semanas de noviembre. El que fue ya lo sabe y el que no, ¡ay, lo que se pierde!

Por José Heinz


Podemos hablar de una glorificación del lenguaje o de la elegancia al servicio del humor. Como sea, lo que logra este dúo arriba de las tablas es difícil de explicar. Y también cuesta resistirse a la tentación de comentar el espectáculo Los Modernos, lo mejor sin citar alguno de sus pasajes. Valga el intento como una aproximación o, mejor, como una invitación a disfrutarlo en persona.

Pedro Paiva y Alejandro Orlando se arriman al centro del escenario, con sus faldas simétricas y la vista al frente, a la luz de un reflector. Eso es lo único medianamente sencillo de narrar. El resto son dos voces, incontables gestos y una labia infatigable que nos atrapa en un delicioso juego de silogismos constantes, conjugados con una gracia y perfección tales que parecen el trabajo de un orfebre.


Mitad. Los Modernos, un privilegio que está de vuelta en Córdoba.


Durante el show habrán de preguntarse (de preguntarnos) acerca de la vida, la religión, el llanto o la educación primaria y sus remanidas conjugaciones de los verbos temer, partir, amar. ¿Amar dije? Los Modernos hacen del amor lo que los programas de TV hacen del fútbol los días lunes: lo debaten, analizan, diseccionan, discuten, reverencian. Y lo tratan con humor, claro. Nos advierten, por ejemplo, de su costado menos apasionado, con ideas tan frescas como aquella que nos dice que “un novio es alguien que no vio”.

La separación de una palabra, la búsqueda de una palabra dentro de otra, los dobles significados de un término o los palíndromos desfilan en la obra de forma constante, a ritmo vertiginoso pero muy ameno, algo bastante complicado de conseguir en el plano oral. Pero ellos logran su cometido y cantan victoria. A la manera de un juego de simón dice, a cada sentencia agregan otra idea, arbitraria en algunos casos, pero que nunca desencaja, donde conviven en armonía el psicoanálisis, los guarismos, la filosofía o el tango.


Y mitad. También hicieron de las suyas en España (fotos: LAVOZ.com.ar).


Los Modernos construyen un espectáculo ajeno a todo contexto de actualidad, manejan su propia realidad y de esa manera evitan los chistes oportunistas que tanto abundan en el teatro humorístico. Con ello alcanzan un show atemporal y tan preciso que no dan ganas de que se termine.

Problemas de transporte

Un viaje cualquiera en uno de los servicios públicos esenciales puede convertirse en otra cosa. La ciudad y sus consecuencias.

Por José Playo

http://revistapeinate.wordpress.com

problemas de transporteEl señor que dice ser tu padre estaciona el colectivo en la vereda.
Ha desviado la mole cuarenta cuadras fuera del recorrido para detener las gomas en tu acera.
La palanca de cambios revestida de peluche —piensa— es un ancla que debe hundirse en tus alcantarillas: algo hay que hacer para detener el movimiento espasmódico de los escarpines que, colgados del retrovisor, caminan en el aire flameando como banderas.
De una vez por todas —se dice— el timbre, bajo el peso de los dedos, tiene que sucumbir en un ronquido descompuesto: que ya no sirva —pide—, que termine esta vuelta.
El señor que dice ser tu padre aferra el volante.
Junto a la ventanilla, un banderín desteñido de San Lorenzo; dentro de la camisa celeste, un corazón de boleto picado y de cifras necias.
Atrás, entre los asientos, los pasajeros son un retazo desconcertado que reclama el viaje pautado y no dan tregua.
El motor regula con paciencia.
El señor que dice ser tu padre recibe un cachetazo. Se vuelve, sacudido en su ensoñación, para descubrir al hombre de traje que lo observa con los ojos animales, la mirada de la demora, la cita a la que no llega.
Alguien se precipita desde el fondo a los codazos.
—¡Arrancá, pelotudo!
Dos niños rompen en llanto, un zapateo marcial acribilla la alfombra de goma sobre la que todos esperan.
El señor que dice ser tu padre vuelve la vista hacia la puerta de tu casa, donde espera encontrarte y no te encuentra.
Una embarazada le sacude el hombro con violencia. La camisa celeste se rasga desnudando la piel donde las manos de los vendedores ambulantes forjaron un camino de palmadas certeras. La mujer encinta pone sobre los hombros de tu padre dos pechos enormes y estira los brazos; aprieta botones y acciona palancas con furia e insolencia.
Todos quieren la liberación del soplido de la puerta, la posibilidad del descenso con las manos como viseras.
La inmovilidad los enloquece y putean.
Todos putean.
El sol del mediodía cuece cuarenta y tantas almas dentro de un colectivo estacionado en tu vereda.
El señor que dice ser tu padre ve al hombre rollizo de mameluco que se acerca:
—Arrancá o te doy un puntazo, puto de mierda.
Y eso desata la catarata de violencia: octogenaria psicosis, amor filial capicúa, tres alfajores por un peso, los cachetazos, los codazos, los patadones en las piernas.
El señor que dice ser tu padre apaga el motor y la multitud estalla enardecida y pisotea.
El suelo es una alfombra de boletos viejos, de celofán de caramelos, de señores pasajeros tengan ustedes muy buenas tardes y como si esto fuera poco, el vehículo se zarandea al ritmo de la paliza que le dan al señor que dice ser tu padre y que no se apea.
—¡Ya te voy a dar prohibido salivar, pelotudo!
—¡Prohibido fumar, las pelotas!
—¡En caso de incendio rompa el vidrio y la concha de tu madre!
Todos sentencian.
El vehículo arranca otra vez y por los tres escalones revestidos de goma resbala el cuerpo apaleado del señor que dice ser tu padre y que ya no maneja.
Dos cubiertas Pirelli se despegan de tu calle, llevándose el colectivo con el vidrio trasero atiborrado de caras y manos anónimas que, en un reclamo bullicioso y decadente, golpean.
Antes de morir ahogado en una tos sanguinolenta, el hombre que dice ser tu padre besa la piel áspera de tu vereda mugrienta.

Sesionistas con carácter

Toto o cómo señores adultos que estudiaron música pueden tocar rock progresivo, pop, baladas melosas o un funky rabioso con una sonrisa de oreja a oreja. Razones para ir a verlos este miércoles.

Por Ger Abraham


La primera vez que escuché el nombre Toto pensé que se trataba de algún bodrio tano. Cuando me dijeron que así se llamaba una banda de rock, creí que era una joda. De entrada supuse que una banda con ese nombre tenía que ser malísima. Pasado ese prejuicio, y por distintos comentarios que comencé a recibir de distintos amigos músicos, empecé a escuchar discos de esta banda.

Este grupo tocará el 7 de noviembre en el Orfeo Superdomo en el marco de la gira de promoción de su último disco, Falling in Between. Sépase que es una de esas bandas de sesionistas y cultos musicales que se juntan para componer y grabar discos, siempre en formato canción, pero dejando en claro que dominan su respectivo instrumento. Y es que esta banda está integrada por virtuosos cuyos nombres figuran asociados a leyendas de la historia de la música. Steve Lukather, el alma máter del conjunto y el único integrante que siempre estuvo presente en la banda, es algo así como el paradigma del violero de sesión rockero y virtuoso. Sin embargo, a pesar de que la palabra “sesionista” remita a cosa estándar, este tipo tiene un estilo inconfundible, y eso termina siendo una marca del sonido de Toto.

Falling in between. ¿Alguno dijo Dream Theater?

Pero no sólo el guitarrista se destaca. El baterista es nada menos que Simon Phillips, otro habilidoso en su instrumento, quien tuvo la colosal tarea de reemplazar al legendario batero original Jeff Porcaro, fallecido en 1992 por un ataque al corazón. Los demás integrantes de la banda que pisarán el Orfeo serán Bobby Kimball (vocalista original), Greg Phillinganes (tecladista que reemplaza a David Paich, y que ya nos visitó junto a Eric Clapton) y Lee Sklar (bajista de Phil Collins y que reemplaza a Mike Porcaro).

Tal vez una de las bandas más criticadas por la prensa de su propio país, este grupo yanqui que pega más en Europa sacó su primer disco en 1977. En esta placa llamada ni más ni menos que Toto, asoma el hit Hold the line (algunos por estas pampas se atreven a decirle “Quédate en línea”). Cinco años más tarde alcanzarían la cima de su éxito comercial al editar el álbum Toto IV, obra que llegó a platino y recibió 6 premios Grammy. Es en este disco en donde vienen dos de las canciones más populares de la banda: Rosanna y Africa.
Ochentoso. Un clásico de esos años: Rossana.

Alguien podría decir que se trata de una de esas bandas de vejetes que, en el ocaso de su carrera, vienen a robar al tercer mundo. Sepan que hablar habla cualquiera, ya que en este caso no estamos hablando de mega estrellas, sino de músicos que, si no están de gira con alguna figura pesada de la música, están en otro proyecto, o combinando notas con Toto.

Podrían preguntarse por qué ir a ver esta banda. Yo pensé un par de razones:

-¿Cuántas posibilidades hay de que te guste una banda con ese nombre? Date el gusto y averigualo.
-¿Te gusta lo ochentoso? Vas a poder escuchar canciones como Hold the line, Rosanna o Africa, casi símbolos de esa época.
-¿No te gusta lo ochentoso? De los 90 en adelante, con un sonido moderno y potente, tiraron más hacia su vena progresiva.
-Si sos de los/as que disfrutan de buenas canciones, pero con cierto despliegue musical y habilidad instrumentista, tenés que ir.
-Si sos músico/a, estás obligado a ir.
-¿Pensás que los sesionistas son músicos en serie? Éstos jugaron en la primera división de la época dorada de los sesionistas, cuando no había Pro Tools. Te aseguro que tocan, y con estilo.
-Si te la tirás de rockero/a acérrimo/a y sos prejuicioso/a, andá y vas a tener dos beneficios al precio de uno: vas a ser mejor tipo/a, y encima te vas a romper la cabeza a pura música.
-Última y más importante de todas: Seguro que no vuelven más.

¿Qué hay de viejo?

Comienza una nueva sección para recordar que algunas cosas son imperecederas. Para descubrir (o redescubrir) los clásicos del cine o la música. Y se inaugura con una película de terror que está cumpliendo 25 años: "La Cosa".

Por Fernando Heinz


La Antártida. Todos los días el mismo lugar: frío, nieve, encierro, nada que hacer. Una máquina para jugar ajedrez te gana siempre. Un día, desde lejos se oye un helicóptero. ¿Qué hacen? ¿Están disparando? ¿A qué? ¿A un perro? Los tiradores (aparentemente de una base de Noruega) aterrizan cuando el perro entra en la base norteamericana donde se alojan nuestros protagonistas. Salen corriendo detrás de él mientras no sólo le disparan, sino que le tiran granadas. A un perro.

Así comienza una de las mejores películas del género de terror y suspenso. La Cosa (o El Enigma de Otro Mundo, como fue llamada aquí) es una remake de la película de 1951 del mismo nombre. Aquel film dirigido por Christian Nyby y Howard Hawks era una adaptación de un cuento de ciencia ficción de John W. Campbell Jr. llamado Who Goes There? y trataba de una entidad extraterrestre vegetal que encerraba a este grupo de gente y los mataba uno a uno. Esta versión de John Carpenter toma otro enfoque, más radical, más cercano al del cuento.

Le entidad extraterrestre en esta versión puede transformarse e imitar a cualquier forma de vida que absorba. Por lo tanto es invisible a nuestros ojos, el enemigo puede ser la persona al lado de uno, incluso su mejor amigo.

En este ambiente de reclusión y paranoia el señor Carpenter despliega todo su talento y nos envuelve en un relato en el que ya no sabemos si nuestro querido héroe no es el mismísimo diablo.


Horror. El clima tenso es una constante en la película.

Lentamente Carpenter construye un clima de inseguridad, de peligro en cada esquina. Nos recuerda constantemente que estamos en el medio de la nada, sin radio ni modo de escape. Este ambiente opresivo nos lleva a desesperarnos con cada sorpresa que nos depara el excelente guión de Bill Campbell. La fotografía a cargo del enorme Dean Cundey nos mantiene entre sombras y luces brillantes. Nos encandila con linternas y delinea el establecimiento con luces tan brillantes que no vemos absolutamente nada fuera de ellas.

Y nada queda para decir de los inmortales efectos especiales Rob Bottin. Veinticinco años después de su creación siguen siendo los mejores efectos que vi en mi vida. Nos dejan que creamos fervientemente en este monstruo que cuando no puede disfrazarse es tan espantoso que no podemos comprenderlo. Dos caras fusionadas en una, una enorme boca con dientes mortales en la panza de una persona, una cara de perro que se convierte en una especie de flor de carne y dientes.

La música está a cargo de Ennio Morricone, y se mantiene pequeña y tensa, aumentando el clima de horror y misterio, de desconfianza de la situación más cotidiana. La película nos lleva a cada vez ser más desconfiados y a no saber qué esperar. Nos han mostrado el monstruo y eso significa que sabemos que la próxima monstruosidad no será igual a la anterior. Cada personaje nos resulta entrañable de alguna manera y no deseamos que se convierta en La Cosa. Pero no sabemos qué hay ahí afuera. No sabemos dónde ha estado cada uno. La paranoia es ineludible.

Mirá el trailer de La Cosa.


Esta película fue uno de los mayores presupuestos que vio Carpenter y lo agarró en su momento más afilado. Kurt Russel entrega convincentemente el papel de McReady (en general las actuaciones hacen su trabajo con dignidad) y el lugar hace el mejor trabajo.

Un relato que nos deja con el cuello tenso y las uñas clavadas a los apoyabrazos. Un clásico imperdible en el género del terror, y del cine mismo.

En resumen

Algo bueno:
La escena de la prueba de sangre es clásica y un trabajo de montaje de relojería.

Algo malo: Una computadora que calcula cuánto tardará La Cosa en invadir la tierra, que en estos días no se la cree nadie.

Cómo verla: En estos últimos días la han pasado varias veces por el canal de cable I-Sat y se consigue en una muy buena edición en DVD en widescreen (por favor, si pueden veanla en widescreen). Incluye un documental muy divertido sobre todo el proyecto con entrevistas actuales a los más importantes (Carpenter, Dean Cundey, Rob Bottin, los actores, etc.).

La inteligencia musical

El disco nuevo de Radiohead se llama "In Rainbows" y puede descargarse a través del site de la banda. Eso es todo lo que se comenta. ¿Y qué hay de la música que desprende esa descarga?

Por Emanuel Rodríguez
http://pinchilonfonseca.wordpress.com/

No escucho mucha música. No soy un gran oyente. Soporto discos completos sólo si me excitan, me ponen a bailar o me activan algo parecido a la materia de los sueños. No puedo establecer una tradición musical, por ejemplo, y no sé a qué se refiere la mayoría de los términos que usan los críticos de música para hablar de lo que escuchan. Una vez Germán Arrascaeta le explicó a Demian Orosz qué demonios es un bombo en negra, por ejemplo, y Demian me lo explicó a mí, porque mi escritorio está al lado del suyo. Si hubo un momento en que entendí el concepto, ese momento fue fugaz como una lluvia de estrellas.

Quiero decir que consumo la música. No le interrogo demasiado. La excepción es cuando la música me interroga a mí. Cuando conmueve mi lugar de pasividad. Ahí sí me pongo como loco y puedo escribir por horas sobre cosas que no entiendo mucho pero que quiero transmitir porque el fuckin disco lo impone o porque crea en el living de mi casa la ilusión de que no sólo estoy escuchando a Thom Yorke preguntándose cómo es que ha ido a parar adonde empezó sino que estoy ahí, con Thom, acaso golpeando eso que suena a una especie de tambor en la intro de 15 steps.

La vanguardia es así. Los cinco cabezas de radio, en pose.

Me pasa con Radiohead y creo que con dos o tres bandas más que no vienen al caso. Me pasa con letras en inglés porque hacen fácil un proceso esencial para sentirme partícipe: inventar un sentido para esas palabras, un sentido que tendrá que ver con los ruidos, los paisajes de fondo, la persistencia del bajo, la cara que me imagino ponen los hermanos Greenwood mientras tocan lo que sea que toquen para que Radiohead suene como si fuera la banda de sonido del purgatorio.

Ya no me gusta, por eso, leer las letras. Prefiero el sentido esencial que creo que tienen determinados alaridos brutales de Thom.

Ya no me gusta creer en la revolución, tampoco. Dejé eso un poco tarde, es cierto. El año pasado, creo. Fue por una chica. No viene al caso. No me gusta porque pone límites. Antes escuchaba sólo lo que me parecía revolucionario. Como Ok Computer. Pero escuchar Ok Computer en clave revolucionaria debe ser una de las estupideces más soberanas de mi currículum. Radiohead no es una banda revolucionaria. Gracias a dios que no lo es. Cuando me di cuenta de eso empecé a disfrutar In rainbows, un fuckin disco de vanguardia. Uno de esos momentos de la historia de la cultura que hay que tener en el mp3 porque, oh beibi, destruye algo.

Lo primero que destruye es quizá lo menos interesante pero lo más sobresaliente: un modo de mercado. El disco se consigue gratis en www.radiohead.co.uk. Uno puede pagar, si quiere. Si yo cobrara en euros pagaría. Espero hacerlo un día de estos. Mientras tanto escucho 15 steps y me vuelvo loco de un placer que no experimentaba desde la versión en vivo de Idioteque que viene en I might be wrong.

Invitación. Para continuar con el experimento, hay que hacer un click.

Lo segundo que destruye es cierta apatía. Lo hace con una música que es como un signo de interrogación. ¿Cómo diablos se baila esto? ¿Con qué se come? ¿Por qué no puedo dejar de escucharlo?

Bodysnatchers tiene unas guitarras que remiten a National Anthem: Radiohead insiste en el modelo Kid A / Amnesiac de superposición de texturas sonoras en un cono de angustia que termina siendo de alguna manera liberador. O yo estoy demasiado drogado. No importa. Bodysnatchers es otra buena canción para esperar el fin del mundo moviendo la cabeza y los hombros adentro de un auto que viaja en llamas a la casa de una chica a la que hay que invitar a tomar una coca con urgencia.

La tercera canción es para cortarse las venas con estilo y dramatismo. Dont get any big ideas. They’re not going to happen. Ok Thom, la vida no tiene sentido. Pero por suerte le estás poniendo música.

Manifiesto creep: Weird fishes. No al pedo tenés el párpado caído, my friend. Sumerjámonos en el profundo océano. Una percusión como de marcha es el motor de un submarino que se hunde en la locura. Desde allí ha de venir Thom a destruir todo lo que esté a su corto alcance. Querremos estar ahí, claro.

En All I Need esa angustia es un camino al final del arco iris. Canción de amor obsesivo. Somos lo que está esperando a pasar. Soy todos los días que elegís ignorar. Sos todo lo que necesito. Es mentira, claro. Por que también uno necesita manzanas y milanesas de soja y botellas de agua finamente gasificada. Pero qué intenso que es decírtelo: sos todo lo que necesito. Vos y un disco de Radiohead. Vos y el teclado de All I need.

A mitad del viaje por el arco iris viene Faust Arp, que parece una versión tranqui de Myxomatosis. Oh dios, qué buena canción Myxomatosis. No viene al caso, aunque en Faust Arp el procedimiento poético es similar: la acumulación, la aceleración, pero con un paisaje de paz de fondo.

Y entonces llega Reckoner, que es la canción de Radiohead que yo estaba esperando. Cierro los ojos y me dejo llevar a un lugar que me pregunta sobre algo que no sé responder. Por eso la escucho una y otra vez. Cambia de tempo, se vuelve otra canción deforme, podría aturdirme. Pero, se hunde sólo para tomar fuerza. Oh Thom ¿cómo puedes cantar así? Es otra canción para escuchar en viaje, en un auto capaz de volar de noche, en un auto con esos parlantes carísimos que te dejan escuchar bien cada detalle.

House of cards es mi preferida. No quiero ser tu amigo. Quiero ser tu novio. Olvidate de tu casa de naipes. Lo que sea que esté diciendo Thom te lo está diciendo en mi nombre. La guitarra de balada se funde con un paisaje deforme. La canción responde a su letra: se desploma como un castillo de naipes. Y construye otro. Acaso más frágil, no importa. Un castillo de naipes arriba de un arco iris.

En Jigsaw falling into place la percusión es otra vez una invitación a mover los puños y morderse los dientes. Acá tendría que venir la canción fea del disco. Pero viene una exaltación de la belleza de las máquinas y de la velocidad, en armonía con lo que puede hacer la voz de un hombre radiante.

Hacia el final hay un piano que contradice eso o que te saca de lugar. Videotape es la canción que parece sobrar, porque uno no quiere que lo saquen del final del arco iris con esa música para el final de una película. Me gusta cuando empieza, de nuevo, la marcha. ¿hacia dónde iremos con esta música? No sé, pero quiero ir. Quiero llevarte conmigo. Acaso estoy muy drogado. No importa.

Pura pulsión.

Me gustaría tanto ser un Radiohead que mi cuerpo toma la decisión por mí y lo es. Un acto de soberbia, el de mi cuerpo. Pero hay una marcha. Algo que suena como a inteligencia musical. Una marcha de signos. No escucho muchas bandas que pongan en juego signos, ahora. No sé mucho de esas cosas, pero tengo la sensación de que hay en juego también una sabiduría, un sentido de la actualidad.

Soy un cronista grandilocuente, es cierto. Pero deberías verme ahora. Tengo una felicidad de siete colores.

La belleza de lo mínimo

Te recomiendan una película, vas a verla. Unos minutos de proyección son suficientes para justificar la entrada y cambiar la visión de las cosas. "Tú, yo y todos los demás" es una de esas películas. Cosas de cineclub.

Por Patricia Cravero

Me habían dicho que era una historia pequeña, sensible y sin pretensiones de grandeza. Me habían dicho lo suficiente como para que yo decidiera hundir el cuerpo en una butaca del Cineclub Municipal un viernes a la noche. Lo que afortunadamente nadie me avisó es que cuando saliera del cine iba a sentir los ojos desbordados de belleza.

Tú, yo y todos los demás comienza con una voz espectral dibujando historias sobre fotografías pegadas en una pared. Al rato aparece un rostro en la pantalla. Es Miranda July, directora debutante y protagonista de la película. O mejor dicho es Christine Jesperson, una artista solitaria que alterna sus días entre su trabajo como conductora de taxis para mayores y sus inquietudes en el campo del videoarte.

Pasan sólo tres minutos de la cinta, y July se despacha con una escena conmovedora que anuncia lo que vendrá. Un pececito dentro de una bolsa de nylon queda olvidado en el techo de un auto y viaja a toda velocidad. Desde el taxi, Christine y su acompañante advierten la presencia del pez, vislumbran su final, y luchan hasta el último minuto para salvar su vida. La singular carrera de autos, los ojos de Christine y su mirada profundamente triste no dejan lugar a dudas: vamos a amar o a odiar esta película.

Mirá el trailer de la película.

Tú, yo y todos los demás presenta varias historias, todas ellas vinculadas de algún modo a la figura de Christine, esa muchacha algo desgarbada que termina enamorando a cualquier mortal con su capacidad para transformar cada cosa, por más trivial que resulte, en algo maravilloso. Como esos feos zapatos rosados que trazan ante su cámara una danza de encuentros y desencuentros, convirtiéndose en una metáfora previsible pero tierna sobre la ¿relación? con el hombre que le quita el sueño. Un cuarentón separado, con dos hijos, de quien sólo conoce su cara y su nombre.


Vos y yo. Cada escena, un gesto a cargo de Miranda July.

Pero sería injusto decir que lo grandioso de esta película, que le valió a July el rótulo de “nueva promesa” del cine norteamericano independiente, se reduce a su mirada poética y sensible, a la belleza de las imágenes y los detalles en los que se detiene la cámara. Porque también está el humor agazapado en cada diálogo, la frescura de los personajes, y una visión lúcida sobre la época que nos toca vivir.

Tú, yo y todos los demás es el retrato de seres extraordinarios que no se han desprendido del todo del imaginario infantil, que sirven conservando la ingenuidad que erosiona el mundo adulto, y buscan encontrarse en una sociedad que nos atomiza para luego conectarnos a través de Internet.

Ternura, inocencia y el deseo de transformar cada gesto en un acto poético. ¿Podemos pedirle algo más a Miranda July con este debut cinematográfico? Sí, que no se detenga y siga haciendo películas.

Una eternidad esperé este instante

Ahora sí la otra parte. El lado A del asunto, el recital de Soda Stereo. Entre los más de 70 mil espectadores que llenaron el Monumental, hubo uno de los nuestros. Y lo cuenta con el eco del show aún resonando en los oídos.

Por Pablo Vottero


Al fin me puedo sentar tranquilo al frente de la máquina. Es mas fácil algunas veces intentar escribir una crónica viendo las cosas fríamente, no tan en caliente. Pensando bien qué cosas uno vivió realmente y cuántas otras inventa o cree haber vivido en el momento en que ese acorde rompió el silencio, aunque nunca sabrá realmente de qué lado está lo que está contando. Me encuentro parado en ese momento post recital en el que uno descubre moretones que no sabe de dónde salieron, y siente dolor en músculos que no sabía que existían. No me quejo, son las contraindicaciones del campo. Con todo esto a cuestas, les cuento lo que (creo) que ocurrió.

Es una condena agradable el instante previo
Saco el celular del bolsillo. Son las 20:55, leo segundos antes de que las luces del estadio se apagaran, los gritos propios y ajenos se hicieran uno, y la presión de 75 mil personas contra la baranda del pulmón que dividía el público en dos no me diera espacio ni para volver el teléfono a su lugar."Hola, bienvenidos", se oyó la voz de Cerati antes de repetir varios segundos el primer acorde de Juegos de Seducción, que crearía por fin esa “burbuja en el tiempo” que la banda se proponía crear con este regreso.

El pasillo que dividía el campo es el lugar de decenas de cámaras de decenas de canales de televisión. Un notero de CQC ensaya un copete, se acomoda la corbata y da el OK para empezar a grabar. Minutos antes, Adrián Taverna, sonidista histórico de Soda, pasaba por el lugar, recibía elogios y posaba para las fotos desde la consola de sonido con sus dedos en V, que en este caso deben haber querido decir: VOLVIMOS.

El escenario es imponente. Seis pantallas acomodadas verticalmente de dos en dos se unían por momentos en una sola imagen y tres círculos de luces como rayos de bicicletas iluminaban al trío. “La música mueve objetos a la distancia... a ustedes”.

La lista siguió repasando lentamente la carrera de la banda desde sus comienzos y las rubias (taradas, bronceadas y aturdidas... pero VIP) ya ocupaban su lugar en el pasillo mientras movían la boca garabateando frases que poco tenían que ver con la letra de Picnic en el 4to B que sonaba desde el escenario.


Fue. La vuelta de Soda, una cuestión de voltaje.



Sobredosis de Soda
El show, que había tenido sus momentos de mayor explosión hasta el momento con temas como La Ciudad de la Furia, Sobredosis de TV, Zoom y Cuando Pase el Temblor (con final reggaeton) ofrecía uno de los escenarios más emocionantes que se pueda vivir en un concierto. El Monumental, enorme, imponente y repleto, alumbrado por miles de teléfonos celulares creando una segunda noche. Son extrañas las sensaciones en esos momentos pero ese espacio, ese pequeño microclima de emociones, acompañado de cientos de imágenes de padres e hijos unidos por la música, amigos con lágrimas en los ojos, treintañeros luciendo sus viejas remeras de Doble Vida aunque hoy necesitaran varios talles más, y una soberbia versión de Fue sonando de fondo, moldearon uno de los grandes momentos de una noche que a esa hora empezaba a refrescar.

Las rubias, asombradas por el espectáculo, se preguntaban cuándo iban a tocar “Ya que el amor” y pasarían En Remolinos, Primavera Cero, No existes, Sueles Dejarme Solo, En el Séptimo Día y Un millón de Años Luz, antes de que tuvieran lo que querían. De Música Ligera era el encargado del primer falso final al que todo gran show nos tiene acostumbrados, marcando esa implícita complicidad de "Vos te vas, nosotros pedimos otra, y volvés a tocar".

Los minutos de espera antes del primer regreso al escenario da el tiempo suficiente para pensar cuántas cosas cambiaron desde aquel 20 de septiembre del 97, tiempo en los que llenar un River era una verdadera hazaña y hoy en día es una realidad para algunos y un anhelo no tan lejano para otros. ¿Cuánto tuvo que ver Soda en esto? Mucho, sin dudas. Y hoy estaban otra vez en el mismo lugar, como antes, por lo menos por un tiempo.

Los bises
Vuelven al escenario. Gustavo luce un sombrero que las crónicas describen como cowboy, aunque yo lo recuerdo como el de esos guardaparques canadienses. Como el de los dibujos del Oso Yogui. “Ahora seguro lo tocan”, pensaban todos. Suena Disco Eterno. Siempre hay un tema que querés escuchar sí o sí, que pensás que es fija dentro de la lista, y muchas veces tus gustos no coinciden con el repertorio. Al hablar de bandas como Soda Stereo, muchas de esas “fijas” estuvieron ausentes inevitablemente y Ella usó mi cabeza como un revolver, Té para tres, Entre Caníbales, Trátame Suavemente y Un Misil en mi Placard, por nombrar algunas, quedarán para otro día.

Noteros, productores y camarógrafos vuelven al pasillo a captar el final del show. Las rubias se van tarareando Prófugos, y el flaco de CQC se vuelve a acomodar la corbata. La noche se está acabando y como corolario, el estribillo de Zona de Promesas recordaba que “Tarda en llegar y al final… al final hay recompensa”. La burbuja en el tiempo ha tenido su segunda noche y se hace visible en miles de jabón que sobrevuelan el cielo del Monumental. Sonó Nada Personal, y como cierre Te Hacen Falta Vitaminas propuso el último pogo de la noche.

Soda volvió al ruedo. Sin ningún proyecto más que esta gira que invita al recuerdo a muchos y brinda la posibilidad impensada de otros de poder verlos en acción. La banda se dirige al frente del escenario. Los tres. Juntos. Gustavo y Charly desaparecen. Zeta se toma su tiempo y saluda. 75 mil almas se dispersan por las calles de Núñez. Y eso pasó... fue.

Comunicación con emoción

Volvió Soda Stereo. El hecho será recordado no sólo por lo emotivo o lo musical, sino además por cuestiones que exceden lo artístico, como la maquinaria tecnológica que trajo consigo.

Por José Heinz

J dice:
estoy pogueando en medio de la redacción!

S dice:

estoy solo en la oficina cantando Soda!
boludo... esa es la crónica...
Soda tocando en tu oficina...
tecnología... futuro...
lo tenía que hacer Soda.

En épocas donde conseguir un disco es un trámite que lleva poco más de dos clicks y el amor se mide en mensajes de texto, Soda Stereo hizo de su vuelta una celebración doble: la animal y la digital.

Tenía que hacerlo Soda. Son muy pocas las bandas que han conseguido mimetizarse tan bien con las tendencias –musicales, estéticas, tecnológicas– de cada época que atravesaron. Y Soda lo hizo de nuevo: lograr que alguien en el Monumental, otro en Barrio Jardín, otro en Alta Gracia, uno más en Montevideo y un quinto en la isla de Manhattan cantaran al mismo tiempo los temas de su tan comentado regreso.

Bastaba ingresar al sitio de Arnet para ver el recital en vivo. Y no es que fuese una camarita estática con el sonido ambiente. Era en vivo y directo, podía verse todo. El bajo que utilizó Zeta en Persiana Americana, dónde cayó una baqueta que tiró Charly a la marea de gente y el sombrero de Cerati a lo western para los bises. Todo. Quedó en evidencia que hubo un trabajo muy grande a cargo de la productora, que incluía importante dirección de cámara y un sonido impecable. Se veía realmente bien. Y todo sucedía en Argentina, ¿eh? Esto no era ningún festival primermundista para concientizar sobre la ecología. Atrás quedaron los tiempos en que ver algo en vivo a través de la web significaba mirar un cuadrado pequeño con imágenes fugaces que parecían secuencias intermitentes.

Si uno suma eso a las coberturas en portales de noticias y varios blogs, sentirse parte de la vuelta del trío podía significar no haberte movido de tu casa. Los cambios que atraviesa la cultura permiten este tipo de cosas. Sólo hay que saber amoldarse al presente. Si el futuro llegó hace rato, como decían Los Redondos, entonces para Soda siempre es hoy. Y lo demuestran cada vez que se les presenta la oportunidad.


Sueño stereo. Y un buen día volvieron (foto: Rollingstonela.com).

Hay algo que también es cierto. Las decenas de miles que estuvieron en el estadio de River no paran de comentar el exceso de canciones y recuerdo que fueron esas dos horas de show. Los vieron volver y en la única forma que al MP3 le resulta imposible de reproducir: la energía del vivo, la transpiración de la persona que tenés al lado, las piernas que se entumecen de tanto saltar. A fin de cuentas es un recital, la única experiencia que nunca tendrá su correlato en otro soporte que no sea la realidad. Y también, por supuesto, vale la pena vivirlo de esa forma.

De carne somos

Pulpo aceptó el desafío: desde naranja beat se le propuso recorrer la ciudad para describir a las mujeres que rondan sus calles y veredas. Mal no la pasó. En esta primera oportunidad la tuvo fácil, convengamos: Nueva Córdoba.

Por Guillermo "Pulpo" Paz

Caminar por las calles de Nueva Córdoba no es tarea fácil para ningún hombre común. Menos aún para los antropólogos, quienes deben sumar a sus esfuerzos de la observación (que en realidad no es taaanto esfuerzo, sino que se hace con gusto), el ahora sí esfuerzo de la llamada "objetividad académica".

Y es que Nueva Córdoba victimiza cervicales con mayor vigor que scrum peleado, y hace girar el cuello más veces que partido entre Nalbandian y Nadal. Y uno que anda, libreta en mano, analizando los diferentes especimenes humanos que encuentra, debe reprimir un poco los gritos de guerra, los piropos furibundos y demostraciones babosísticas más ampulosas.



Rondeau y Buenos Aires, 20 hs. Una esquina emblemática de Nueva Córdoba.


Sin embargo, no caben dudas que caminar por Nueva Córdoba hace daño, y más cuando la temperatura primaveral aliviana el ropero y fomenta el paseo vespertino-nocturno por las calles neocordobesas.

Habiéndonos puesto ya en situación, comenzaremos a desglosar los diferentes tipos de mujeres que uno encuentra en las calles de Nueva Córdoba y que, una vez más, demuestran que de carne somos y serán destino de nuestros quiebres de cogote y aullidos lobizonescos, ya sean explícitos o tácitos. Van tres clases de mujeres:

a) La estudiante de Marketing. Asiste a una universidad privada y usa mucha ropa a la moda. Va a clases de chupín (sea la prenda que eso sea) y remera semiescotada y ajustada. Usa lentes oscuros a toda hora, como víctima de conjuntivitis crónica. Su principal interlocutor es su celular vía SMS. Los muchachos que se sientan en los bares de la Rondeau son sus principales piropeadores.

b) La moza. Obligada a la sonrisa, decora las tardenoches de Nueva Córdoba enfundada en el uniforme del bar al que pertenece y es capaz de despertar instintos cavernícolas cazadores con un solo movimiento de su rejilla en la mesa. Cumple la fantasía masculina de traer la cerveza o el fernet con una sonrisa en los labios y preguntando si queremos algo más. Como ley natural: “A más linda y simpática, más odiada por las clientas y más tiroteada y propineada por los clientes.



¿Me traés un fernet? La moza, un clásico.


c) La que va al gym. Con calzas o jogging apretaditos; remeras blancas usualmente holgadas, medias sacadas de un video clip ochentoso y zapatillas de cuero tipo botita; sumado a algún adorno o forma de atar el pelo, se dirigen al gimnasio más cercano en busca de relax, ejercicio, un cable a tierra y de paso cosechan miradas, comentarios y chaubebeses mientas transitan. Muchas veces el IPod les impide escuchar qué cosas le estará diciendo la muchachada, pero son ampliamente concientes del revuelo que generan. Por lo general van a clases de aerobox, taebo o algo similar, dictadas por un tal Pol o Micky (pronúnciese “Máiqui”), a quien consideran divino, pero no retribuye tales afectos... mundo cruel y despiadado.

Bien queridos lectores, hasta aquí llega esta inaugural columna intitulada “De carne somos”. Pronto llegarán más de estas categorías urbanas. Saludos, cariños, besos y abrazos.

Visitá también el blog de Pulpo, Atención Viandante.

Mata Hari va a al Showcase

Pese a las reseñas favorables que recibió en los medios, la última de Verhoeven, "El libro negro", dejó a algunos espectadores con una sensación rara que dista del elogio. Veamos.

Por Mara Balestrini

Desde hace unos días Mata Hari se revuelca en la tumba. El sepulturero le avisa que en el Showcase pasan una película que se llama El libro negro y que es mejor que no vaya a verla. Sin embargo, acaso porque hace años que no come pochoclo, Mata no resiste la tentación de desempolvar sus mejores atuendos e infiltrarse –ella sí que sabe cómo hacerlo- en los cines del Shopping de Villa Cabrera.

Comienza la función. Una mujer bonita se reencuentra con una amiga de la infancia en un Kibutz. Ambas son holandesas, ¡ja! Al igual que nuestra espectadora. Nadie sabe que mientras en el cine pasaban los trailers de otros filmes, Mata usó su palm para leer comentarios acerca de la película que se disponía a ver: todas críticas elogiosas, llenas de flores para el director Paul Verhoeven (Bajos instintos y Showgirls) y para la bella protagonista Carice van Houten.

La sinopsis de El libro negro atrae a Mata: se trata de la odisea de Ellis, una judía que, en plena Segunda Guerra Mundial, se une a la resistencia para infiltrarse entre los nazis y así llevar a cabo su venganza contra quienes asesinaron a su familia. OK, el filme continúa y una acción conduce a la otra como en un ovillo prolijamente hilvanado donde la tensión nunca afloja.
Mirá el trailer de El libro negro.

Mata aún no termina con su bolsa de pochoclo y ya comienza a preocuparse por el devenir de la trama: Ellis es una heroína envuelta en un sinfín de hechos que no requieren ningún tipo de solución de continuidad. Llega a todas partes en el momento indicado, nunca come ni hace pis ni se cambia la ropa ni se indispone. Tampoco le crecen las raíces –para desconcertar al enemigo se ha teñido el pelo de rubio– ni se le cruza por la cabeza la necesidad de parar por un minuto a reflexionar sobre su próximo paso. No, no…nada de eso le pasa a la súper protagonista para quien la aventura épica parece ser una condición innata.

Nuestra espectadora está molesta. Tanto tiempo en una tumba ha entumecido sus articulaciones y de repente la butaca es un lugar incómodo. Pasan las horas y la película no termina: llega a un instante en el que parece que todo cierra, casi se oye el chan chán del final y... ¡paf! Otro punto de giro. El traicionado es en realidad un traicionero encubierto y dará batalla. La rubia espía, fiel a su valentía, deberá volver a recurrir a los trucos estilo Mc Giver para salir viva del embrollo y no pasarán menos de tres escenas que ya estará metida en otro lío, producto de un nuevo engaño...
Vueltero. La nueva del director de Hollow Man es una oda a la calesita.

Verhoeven ha llegado más lejos de lo que la señora Hari es capaz de soportar. A esta altura, la espectadora espera cualquier cosa, incluso que la chica holandesa tome clases de danzas árabes y aparezca en la cama del mismísimo Hitler o que en realidad confiese que no es espía sino ninfómana. Mata se pone de pie antes de que termine la película y las luces de la sala delaten su presencia. Se lleva un manojo de Rivotril a la boca, le agradece al sepulturero por la advertencia y le ruega que custodie su sueño por varias décadas más.

Tres décadas, seis cuerdas

Hoy cumple 30 años John Mayer, un excelente guitarrista de blues norteamericano. El acontecimiento es una buena excusa para repasar la carrera de este gran músico.

Por José Heinz


En la RS de este mes sale en una foto junto a BB King y Eric Clapton. ¿Eso no es prueba suficiente? Digámoslo de una vez: John Mayer ya no es un pibe. Basta de hablar de él como una joven promesa del blues blanco. Hoy comenzó a pisar las tres décadas y algunos podrán discutir si los 30 siguen siendo poco para tocar blues. A mí no me consta: Hendrix se murió a los 28 y tengo un amigo que toca la viola como los dioses desde los 19. Lo cierto es que este tipo, John Mayer, hace rato que se sacó la etiqueta del tal vez para convertirse en un hecho. Y por suerte le fue bien.

Mayer nació en una época muy fulera para el blues, la del punk. Si no fuera por un texano de pelo largo y sangre azul llamado Stevie Ray Vaughan, que volvió a poner el género de Mississippi en boca de todos allá por 1983, no sé si hoy estaríamos hablando de este pibe que toca tan lindo la guitarra. Las cosas por su nombre y a SRV le debemos dos: su música y haberle hecho descubrir el blues (la experiencia del recital en vivo, el sentimiento variable de cada canción) a toda una generación que nunca pudo ver a los monstruos del 60. Esta es una historia similar a muchas otras: el padre de John lo lleva al hijo a ver un show de Vaughan y para cuando volvieron a su casa ya estaba todo dicho: “Viejo, quiero tocar como el del sombrero”.

En 2001, Mayer edita su primer disco -Room for squares- y al año siguiente alcanza buena difusión No such thing, un temita acústico que no pincha ni corta, pero con unos lindos tonos de esos que sirven hasta para cortina de publicidad de caldos instantáneos. La facha del pibe también ayuda: empieza a salir con Jennifer Love Hewitt y las revistas de chimentos lo adoptan como el joven sensible y talentoso que todas quisieran presentar en la mesa de los domingos. No de la forma en que quisiera, pero Mayer comienza a hacerse notar.

Suspensión. Escuchá el tema Gravity, un lento de aquellos que lleva su firma.

El disco debut trae además Your body is a wonderland, una balada en la que da pequeñas muestras de su faceta como compositor e intérprete: la voz grave y próxima al susurro, los arreglos de guitarra a dos cuerdas y una letra que evita las frases pavotas que tanto abundan en las canciones amorosas. Mayer invita a su chica piel de porcelana: “Tomá todos tus grandes planes / y cancelalos / que esto está destinado a durar un buen rato”. Ese levante le valió un Grammy en el 2003.

Luego de Heavier Things, su segundo álbum de estudio, por estos meses Mayer viene presentando el hasta ahora último y mejor disco de su carrera, Continuum. Allí no le escapa al formato canción, rinde tributo a sus maestros y la Fender Strat suena afiladísima. Encaja perfecto decir que se trata de un trabajo maduro: treinta pirulos, buenas canciones, una viola ultra sentida y el rumor de que ahora anda saliendo con Cameron Díaz, la ex de Timberlake. La rubia deja al pibe MTV para irse con un hombre. Si eso no es tenerla clara... Feliz cumple, man.

Canciones para viajar

Aznar y Lebón editaron un doble en vivo. Alguien escucha ese disco en un reproductor portátil, sentado en un Coniferal que va para Argüello. Hasta que llegue a destino, ese alguien piensa lo que le sugieren las canciones de los ex Serú Girán.

Por Ger Abraham

Miro por la ventana sucia y empañada del colectivo. Está frío, grisáceo y lluvioso. El día invita a dormir, a leer un buen libro, a amar o a escuchar buena música.

Antes de apretar el play de mi MP3 me preparo, ávido de sutilezas y sentimiento, para escuchar el disco. No puede ser de otra forma cuando el álbum tiene la firma de Pedro Aznar y David Lebón, algo así como dos guerreros de tiempos lejanos; tiempos que la nostalgia define como “de los buenos”.

Ya en la primera canción, Dos edificios dorados, se escucha un riff de innegables reminiscencias claptoneanas. ¿Casualidad? A Lebón le decían "El Clapton argentino" en la prensa rockera de los 70, época en que el rock argentino exploraba libre de clichés, como un adolescente fervoroso. ¿Y qué se puede decir de Aznar? Absolutamente nada. Sin embargo, hago un repaso mental de los antecedentes de este hombre con eterna cara de chico: fue comparado con Jaco Pastorius, de Serú Girán se fue derechito a Berkley, tocó y grabó con Pat Metheny... Suficiente.

Dos almas doradas. Aznar y Lebón en pleno trance melódico.

El disco es un repaso de la vida musical de cada uno. Entre los dos volúmenes hay canciones de sus carreras solistas, de Serú, un cover de Elton John (Ya no hay forma de pedir perdón) y tres canciones inéditas: Mano dura, Sin decir adiós y Muriendo por vivir (versión en español del Dying to live de Edgar Winter).

Uno de los aspectos a destacar es la delicadeza del sonido y de los arreglos. La simplicidad del género acústico se vuelve el fuerte del disco. Con un sonido limpio y prolijo, las voces juegan el papel principal, logrando equilibrar los dos polos de la falsa dicotomía más famosa del rock: afinación y sentimiento.

La voz levemente sucia y blusera de Lebón se amolda a la perfección con el tono suave y los falsetes de Aznar, configurando armonías que no se escuchan en las bandas de hoy. Siempre hay algún detalle, alguna nota que me roba una sonrisa de admiración. El quejido final de Mi amor es sencillamente mágico, con una sucesión de notas improbables en lo que hoy consideramos pop.

¿Momentos que me gustaron? Los exquisitos juegos de voces de Sólo Dios sabe, el blues Copado por el diablo con Aznar tocando el slide, el clima íntimo en Después de todo el tiempo y la energía de Traición.

Desde lo musical y lo lírico, el disco irradia una profundidad y humanidad que hace de su escucha un camino repleto de sensaciones y emociones. Para este viaje largo, con un día lluvioso y bucólico, el disco suena como la banda sonora perfecta.

Jai guru deva om

El legado beatlesco irrumpe de nuevo y esta vez lo hace con "Across the universe", un film que muestra el amor en los 60 al estilo Hollywood. Todavía no llegó a las salas argentinas, pero Flor ya la vio en USA y al parecer le gustó bastante.

Por María Florencia Aliaga


Podrán decir cualquier cosa de este post. También de la película. Ya lo sabemos, a la gente le encanta decir cualquier cosa. Eso sí: jamás lograrán decir que yo dije que no me gustó.

Across the universe, la nueva experiencia cinematográfica musical que nos regala Hollywood, es en sí misma una bomba de color, sonido y sensaciones que puede hacerte llorar, reir y también enojar. Yo la odié y amé al mismo tiempo, pero nunca la dejé de cantar.

Su directora, Julie Taymor, resumió en una sola pieza audiovisual el sueño de muchos fanáticos de los fab four: con toda la herencia lírica de Lennon/Mc Cartney, hacer una sola historia que una todos los latidos de vida de cada personaje made in Liverpool. A esto le sumó toda la gama de colores primarios en generosa cantidad, mucha psicodelia, lo más exquisito del arte y la fotografía conceptual, carilindos jóvenes pop y originales interpretaciones de cada tema. De esos elementos se sirvió para narrar una historia de amor liberadora, con obstáculos internos y externos que superar, emplazada en los EE.UU de los 60, en pleno apogeo revolucionario- idealista.


Oh l'amour. El universo beatle en celuloide.

Aunque la similitud en la narración, en el arte y en la obediencia impecable a los preceptos del Romanticismo con Moulin Rouge y Romeo y Julieta no se presta a subjetividades, Across the Universe cuenta con la ventaja de que lo que suenan son nada más ni menos que los Beatles. O mejor dicho, interpretaciones adaptadas y teatralmente bien logradas de su música. Y creo que en el hecho de que sus canciones permitan esa posibilidad -las de volver a nacer más allá de que los Beatles no sean sus intérpretes- radica la genialidad de mis músicos favoritos: ellos no hicieron sólo canciones, sino que lograron hacerlas trascender hasta que sus creaciones se hicieran seres independientes que esperaran ser conocidos, cantados; que tuvieran un alma, una historia, un principio, un desarrollo pero no un fin, ya que cada oyente es quien elige el destino hasta donde lleva el flujo de cada acorde, de cada palabra. Por eso y mucho más los Beatles son los Beatles y no otra cosa.
Mirá el trailer de Across the universe.


Este film nos regala un poco de esto. No ya de ellos mismos, sino sólo de su herencia musical, ideológica y sociológica. Para los fanáticos: sí, es verdad que hay partes que no nos van a gustar. Pero vale mucho más que la pena sumergirse en ese mundo caleidoscópico que sí han sabido lograr. De regalo, hay guiños en el relato que sólo permiten ser vistos por entendidos. Además, no tiene precio sentirse el mejor alumno del cine. Para todo lo demás existe Mastercard.

Entre Soda y Los Redondos

Dueños de un humor ácido, sarcástico e irreverente, se transformaron en una de las bandas más longevas del rock uruguayo. Hablamos con El Cuarteto de Nos.

Por Pablo Vottero

Desvergonzados y polémicos, fueron protagonistas del único caso de intento de censura en Uruguay luego del retorno de la democracia en 1985. Fue por el tema El día que Artigas se emborrachó. Su disco El Tren Bala fue prohibido para menores de 18 años. Con 27 años de historia y con el hit Yendo a la casa de Damián nominado a los Grammy latinos, El Cuarteto de Nos presentó en Córdoba Raro, su álbum número 12 y el primero en editarse en Argentina.

Compuesto casi en su totalidad por su cantante Roberto Musso y producido por Juan Campodónico, el disco se abre camino, ante todo, a fuerza de buenas canciones. Historias de vida como Nada es gratis… o Ya no sé qué hacer conmigo y verdaderas declaraciones de principios como Pobre papá y Así soy yo, dibujan la vida de personajes perdedores, desilusionados, que buscan su lugar en el mundo y que, garabateados por el humor de la banda, se transforman en espejos para aquellos que tienen el gusto (o no) de llamarse a sí mismos "raros".

En una mesa del bar Morado de Alta Córdoba, en el espacio de tiempo que divide un show íntimo de una presentación en un boliche de la zona del Chateau, el bajista Santiago Tavella y el baterista se tomaron un tiempo para charlar.

-La critica de la revista Rolling Stone definió “Raro” como uno de los mejores discos de la historia del Rock uruguayo.
S.T: (Ríe) De los discos nuestros yo creo que sí. Hubo otro que tuvo mucha repercusión que fue Otra Navidad en las trincheras, y es muy distinto a éste. Era un disco muy anárquico, muy auto producido, muy “plan cualquiera” y por eso salió una cosa muy fresca. Raro es muy distinto en el sentido que es un disco de madurez. Está todo más redondito y me da la impresión que eso ha hecho que funcione. Mucha gente me ha dicho que lo pone y no lo puede sacar más, lo escuchan una y otra vez.

-Es un disco más fácil de digerir…
A.P: Ahora el chiste está en la letra y no en la música. E incluso así no tienen tantos chistes. Son tipos con los que te podés identificar porque antes los personajes de las canciones eran más bizarros, mas traídos de los pelos.

S.T: Las canciones son más autorreferenciales, están escritas en primera persona y eso hizo que la gente se enganchara. Nos pasa una cosa rarísima, nosotros somos tipos grandes y por ejemplo una canción como Ya no sé qué hacer conmigo o Pobre papá provoca que vengan guachos de 15 años que se sienten identificados con la letra y nos digan “yo ya no sé que hacer conmigo, a mí ya me pasó de todo”… ¡y nosotros a esa edad éramos uno salames, no nos pasaba nada!
Viejos piolas. Tavella y Pintos hablan del presente de la banda.

-Desde siempre el rock uruguayo estuvo muy influenciado por el argentino, y hoy en día se está produciendo una entrada del rock uruguayo a nuestro país para un público mucho mas masivo. ¿Creen que es por decantación o porque musicalmente ha mejorado?
A.P: A mí me parece que hay una producción de rock uruguayo que ha crecido muchísimo, y en parte eso se debe a que somos alimentados esencialmente desde el 82 por el rock argentino. Creo que ese feedback entre los países en materia de rock es genial y por suerte se está produciendo.

-En el tema “El karaoke de mi noviecita” nombran a Los Redondos y a Soda…
A.P: En realidad, todo el rock argentino nos ha influenciado. Yo recuerdo que me gustaba mucho a Willy Iturri (líder de GIT y baterista de León Gieco, entre otros) y Charly García en su forma de componer. De lo más nuevo no escuché demasiado.

S.T: ¡Obviamente Soda y Los Redondos también! Siempre me gustó esa disputa entre sus fans. Me divertía mucho. Personalmente me gustan las dos.

-El toque humorístico de sus canciones era algo extraño en la década del 80 ¿Cuánto tuvo que ver Leo Masliah en que se abriera esa puerta?
S.T: Leo fue genial porque nosotros al comienzo teníamos un montón de canciones con cuestiones humorísticas, pero que no las veíamos como temas que pudiéramos tocar verdaderamente, eran como jodas internas nuestras. Y cuando escuchamos a Leo dijimos “si este anormal está haciendo esto, nosotros podemos hacer cualquier cosa. Este tipo nos da permiso para matar”. Realmente fue muy importante en ese sentido.

-“Yendo a la casa de Damián” está nominado al Grammy como mejor canción de rock. ¿Es el mejor tema del disco?
S.T: Una cosa que sí sabíamos de entrada es que es un disco con muchos potenciales cortes. Mucha gente se nos acerca y nos dice que le gusta tal o cual tema y eso significa que algo hay, que no es un corte y 11 rellenos. Y lo del Grammy es la frutillita de la torta. Estar nominados ya es importante pero igual ojala se nos dé.

-“Invierno de 92” va a ser el próximo video, ¿algo que puedan adelantar?
S.T: Es un clip en vivo en el que tomamos imágenes del Teatro de Verano, que es un lugar para unas cinco mil personas en el que este año hicimos tres shows. La energía del público era una cosa impresionante, vimos las imágenes y creo que va a ser un clip muy emocionante. Va a estar muy bueno. Igualmente lo mas fácil es arruinarlo todo a último momento… hay que tener en cuenta eso.

-Y ahora España…
S.T: Sí, estuvimos ahí en febrero y marzo y ahora volvemos. La ida en ese momento fue buenísima, no esperábamos esa respuesta del público aunque fue el primer lugar donde el disco se editó fuera de Uruguay. La compañía decidió después editarlo en otros países.

A.P: Excepto Chile, que es el único país que nos falta. Fijate que Argentina es el último lugar donde el disco se editó… ¡Y los tenemos al frente! Eso sí que es raro.