Ahora sí la otra parte. El lado A del asunto, el recital de Soda Stereo. Entre los más de 70 mil espectadores que llenaron el Monumental, hubo uno de los nuestros. Y lo cuenta con el eco del show aún resonando en los oídos.
Por Pablo Vottero
Al fin me puedo sentar tranquilo al frente de la máquina. Es mas fácil algunas veces intentar escribir una crónica viendo las cosas fríamente, no tan en caliente. Pensando bien qué cosas uno vivió realmente y cuántas otras inventa o cree haber vivido en el momento en que ese acorde rompió el silencio, aunque nunca sabrá realmente de qué lado está lo que está contando. Me encuentro parado en ese momento post recital en el que uno descubre moretones que no sabe de dónde salieron, y siente dolor en músculos que no sabía que existían. No me quejo, son las contraindicaciones del campo. Con todo esto a cuestas, les cuento lo que (creo) que ocurrió.
Es una condena agradable el instante previo
Saco el celular del bolsillo. Son las 20:55, leo segundos antes de que las luces del estadio se apagaran, los gritos propios y ajenos se hicieran uno, y la presión de 75 mil personas contra la baranda del pulmón que dividía el público en dos no me diera espacio ni para volver el teléfono a su lugar."Hola, bienvenidos", se oyó la voz de Cerati antes de repetir varios segundos el primer acorde de Juegos de Seducción, que crearía por fin esa “burbuja en el tiempo” que la banda se proponía crear con este regreso.
El pasillo que dividía el campo es el lugar de decenas de cámaras de decenas de canales de televisión. Un notero de CQC ensaya un copete, se acomoda la corbata y da el OK para empezar a grabar. Minutos antes, Adrián Taverna, sonidista histórico de Soda, pasaba por el lugar, recibía elogios y posaba para las fotos desde la consola de sonido con sus dedos en V, que en este caso deben haber querido decir: VOLVIMOS.
El escenario es imponente. Seis pantallas acomodadas verticalmente de dos en dos se unían por momentos en una sola imagen y tres círculos de luces como rayos de bicicletas iluminaban al trío. “La música mueve objetos a la distancia... a ustedes”.
La lista siguió repasando lentamente la carrera de la banda desde sus comienzos y las rubias (taradas, bronceadas y aturdidas... pero VIP) ya ocupaban su lugar en el pasillo mientras movían la boca garabateando frases que poco tenían que ver con la letra de Picnic en el 4to B que sonaba desde el escenario.
Fue. La vuelta de Soda, una cuestión de voltaje.
Sobredosis de Soda
El show, que había tenido sus momentos de mayor explosión hasta el momento con temas como La Ciudad de la Furia, Sobredosis de TV, Zoom y Cuando Pase el Temblor (con final reggaeton) ofrecía uno de los escenarios más emocionantes que se pueda vivir en un concierto. El Monumental, enorme, imponente y repleto, alumbrado por miles de teléfonos celulares creando una segunda noche. Son extrañas las sensaciones en esos momentos pero ese espacio, ese pequeño microclima de emociones, acompañado de cientos de imágenes de padres e hijos unidos por la música, amigos con lágrimas en los ojos, treintañeros luciendo sus viejas remeras de Doble Vida aunque hoy necesitaran varios talles más, y una soberbia versión de Fue sonando de fondo, moldearon uno de los grandes momentos de una noche que a esa hora empezaba a refrescar.
Las rubias, asombradas por el espectáculo, se preguntaban cuándo iban a tocar “Ya que el amor” y pasarían En Remolinos, Primavera Cero, No existes, Sueles Dejarme Solo, En el Séptimo Día y Un millón de Años Luz, antes de que tuvieran lo que querían. De Música Ligera era el encargado del primer falso final al que todo gran show nos tiene acostumbrados, marcando esa implícita complicidad de "Vos te vas, nosotros pedimos otra, y volvés a tocar".
Los minutos de espera antes del primer regreso al escenario da el tiempo suficiente para pensar cuántas cosas cambiaron desde aquel 20 de septiembre del 97, tiempo en los que llenar un River era una verdadera hazaña y hoy en día es una realidad para algunos y un anhelo no tan lejano para otros. ¿Cuánto tuvo que ver Soda en esto? Mucho, sin dudas. Y hoy estaban otra vez en el mismo lugar, como antes, por lo menos por un tiempo.
Los bises
Vuelven al escenario. Gustavo luce un sombrero que las crónicas describen como cowboy, aunque yo lo recuerdo como el de esos guardaparques canadienses. Como el de los dibujos del Oso Yogui. “Ahora seguro lo tocan”, pensaban todos. Suena Disco Eterno. Siempre hay un tema que querés escuchar sí o sí, que pensás que es fija dentro de la lista, y muchas veces tus gustos no coinciden con el repertorio. Al hablar de bandas como Soda Stereo, muchas de esas “fijas” estuvieron ausentes inevitablemente y Ella usó mi cabeza como un revolver, Té para tres, Entre Caníbales, Trátame Suavemente y Un Misil en mi Placard, por nombrar algunas, quedarán para otro día.
Noteros, productores y camarógrafos vuelven al pasillo a captar el final del show. Las rubias se van tarareando Prófugos, y el flaco de CQC se vuelve a acomodar la corbata. La noche se está acabando y como corolario, el estribillo de Zona de Promesas recordaba que “Tarda en llegar y al final… al final hay recompensa”. La burbuja en el tiempo ha tenido su segunda noche y se hace visible en miles de jabón que sobrevuelan el cielo del Monumental. Sonó Nada Personal, y como cierre Te Hacen Falta Vitaminas propuso el último pogo de la noche.
Soda volvió al ruedo. Sin ningún proyecto más que esta gira que invita al recuerdo a muchos y brinda la posibilidad impensada de otros de poder verlos en acción. La banda se dirige al frente del escenario. Los tres. Juntos. Gustavo y Charly desaparecen. Zeta se toma su tiempo y saluda. 75 mil almas se dispersan por las calles de Núñez. Y eso pasó... fue.
miércoles, 27 de agosto de 2008
Una eternidad esperé este instante
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